| Esta expresión hace
referencia al triunfo logrado por una persona tras vencer grandes obstáculos.
Alude a las dificultades que tuvo el ejército en tiempos de Felipe II para
reclutar soldados que quisieran alistarse y tomar la pica, o sea, como si
dijéramos ahora el fusil, para integrarse en los Tercios de Flandes. Éstos
participaban activamente en la violenta defensa que se desarrollaba cuando los
Países Bajos estaban bajo el dominio de la corona española (herencia
de su padre, Felipe de Borgoña, al
emperador Carlos V). A causa
del avance del protestantismo y a unos nuevos
impuestos fijados desde Madrid, el pueblo
flamenco se sublevó en una revuelta
encabezada por Guillermo d'Orange en 1566.
Y
es que como nos cuenta en su obra 'Una pica en Flandes'
F.M. Laínez, la Guerra
de Flandes fue una batalla colosal de aquella
época. Por tierra, tenía lugar
en Europa, Brasil, Ceilán, Indonesia
y África. Por mar, en los océanos
Índico, Pacífico y Atlántico.
Duró más de ochenta años
y no se trataba, como a veces se pretende
hacer creer, de la lucha entre un país
grande y otro pequeño, como eran
España y Holanda, sino de España
contra toda la Europa protestante y Francia
y algunas veces el Imperio Otomano. España
se vio forzada a mantener dos guerras al
unísono, que en el año 1641 llegaron a ser
cinco: Portugal, Italia e Inglaterra; un
elevado coste económico para una monarquía cuyos
efectos
intentó paliar
inútilmente con una subida de impuestos que no hicieron
sino empeorar la grave situación. Si la
guerra de Flandes se hubiera declarado algunos
decenios atrás, las tropas españolas
se habrían podido desplazar por barco,
desde los puertos del Cantábrico
hasta los de los Países Bajos. Hubiera
podido disponer de los puertos ingleses,
e incluso el de Calais. Pero los ingleses
habían perdido ese puerto y por otro
lado la reina Isabel I de Inglaterra había
ordenado hostigar y atacar a los barcos
españoles que navegasen por las proximidades
de las Islas Británicas. En esas
condiciones tan adversas, a España no le quedó
más remedio que viajar por tierra,
teniendo que atravesar territorios hostiles
y llenos de peligros. Todavía en
nuestros días ese camino es conocido
como 'le chemin des espagnols' (el camino
de los españoles). Los reclutas eran
embarcados en los puertos de la península,
o en los de Nápoles y Sicilia, y
llevados a Génova, en donde optaban
por alguna de las diversas rutas que cruzaban
Europa por complicados caminos que, tras
atravesar los Alpes por algún punto,
luego se encontraban con grandes ríos,
desfiladeros y bosques, sufriendo emboscadas
o ataques terribles, antes de llegar a Namur o Bruselas.
Con todo, España estuvo a punto, en
varias ocasiones,
de lograr una victoria absoluta. Hubiera podido
ganar, por separado, cualquiera de las dos
guerras, la del Mediterráneo o la
de Flandes, aunque muy difícilmente
ambas al mismo tiempo. Tampoco podía convencerse
de la necesidad de aceptar la derrota. De
su empeño da fe la gesta que se conoce
a través del dicho poner una pica en Flandes, más
en
aquellos momentos de penuria económica
y disturbios sociales que hacían muy difícil encontrar un
recluta para los famosos Tercios, y aún más,
poder pagarle. (En 1648,
rubricada con la paz de Westfalia, fue reconocida
la independencia de los Países Bajos.)
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