|
|
LOS
LIBROS MALDITOS
(Rafael
Alarcón)
|
Una
maldición ancestral pesa sobre algunos libros desde el momento mismo de su
invención: a través de los siglos han existido siempre grupos o individuos
empeñados en destruirlos. Así, cantidades ingentes del patrimonio cultural de la
humanidad ha sucumbido a manos de estos exterminadores del conocimiento. Obras
literarias, científicas, ocultistas, religiosas, políticas y de todo tipo con
las que hemos perdido parte de nosotros mismos.
|
|
|
| ¿Qué
contenían las tablillas de Babilonia, los papiros de Alejandría, los pergaminos
de Constantinopla, los libros de Córdoba o los códices de Tenochtitlán, para
provocar su sistemática destrucción? ¿Quién podía beneficiarse con la pérdida
del conocimiento acumulado con tanto esfuerzo por distintas generaciones de
pacientes buscadores del saber? La historia de los libros malditos es la de una
gigantesca conspiración, fruto de pequeños complots independientes que, en su
conjunto, responden a las mismas motivaciones.
|
| Toda
ideología -ya sea política, religiosa o filosófica- basada en el fanatismo de su
verdad (propia, única y excluyente) es, por esencia, bibliófoba: odiará los
libros y buscará su destrucción. Porque los libros son vehículo para la
diversidad de ideas, suscitan la polémica, estimulan la capacidad crítica y, en
resumen, proporcionan conocimiento. Y el conocimiento es el mayor enemigo de
aquellos que piden confianza ciega, obediencia muda y sumisión sin límites. El
libro es por tanto el enemigo directo de toda tiranía, dictadura, fanatismo e
integrismo.
|
| Y lo que
ocurre con los movimientos extremistas -el deseo de destruir cualquier documento
que no se pliegue a sus convicciones- se repite con los llamados "grupos de
presión": intereses económicos de las multinacionales, sociedades del crimen
organizado, grupos científicos, sociedades secretas de corte esotérico, etc.,
representan un peligro potencial para los libros. Si el contenido de éstos
atenta contra sus intereses, obra y autor serán perseguidos, se impedirá su
impresión o se desacreditará al escritor. En última instancia, se pondrá precio
a su cabeza. Así, la ruina de las bibliotecas es una constante de la Historia,
en todos los pueblos, civilizaciones y culturas.
|
| El
histórico y reiterativo espolio comenzó ya con el rey Nabonasar que, en el 747
a.C., mandó expurgar la Biblioteca de Babilonia, para eliminar las crónicas que
hablaran de los reyes que le habían precedido, puesto que la Historia "comenzaba
con su reinado" y nada anterior tenía interés.
|
| En el 213
a.C. el emperador Shi-Hoang-Ti, de la dinastía china Ts'in, mandó destruir todas
las obras escritas -salvo las que se reservó para su biblioteca particular-,
reunió a cuatrocientos sesenta escritores que enterró vivos y decretó que
cualquiera que guardase tablillas de bambú o madera escritas correría la misma
suerte. En el 206 a.C. Lieu-Pang derrotó a este tirano tomando al asalto su
palacio pero, no se sabe si intencionadamente o no, la biblioteca ardió durante
tres meses y con ella se perdió la única colección completa de los clásicos
chinos.
|
|
| El caso de
la Biblioteca de Alejandría es más complejo. Fundada en el 297 a.C. por Demetrio
de Falera, bajo el patrocinio del faraón Tolomeo I, reunió en poco tiempo
novecientos mil volúmenes de pergaminos, papiros y grabados de interés de las
más diversas materias y procedencias. El faraón Evergeta II ordenó que todo
libro que llegase a Egipto debía ser depositado en la biblioteca alejandrina,
donde se sacaría una copia para su legítimo propietario, permaneciendo allí el
original. La Biblioteca de Alejandría adquirió fama de guardar libros secretos
que proporcionaban un poder ilimitado. Había allí curiosos manuscritos hindúes
sobre medicina, escritos chinos sobre alquimia, saberes del antiguo Egipto sobre
nigromancia, de los fenicios sobre magia, de los griegos sobre mecánica..., pero
también sobre otros temas más comunes. Podían consultarse obras alucinantes,
como 'Sobre el
haz de luz en el cielo', escrita por el primer bibliotecario alejandrino que trataba, por vez
primera en la historia, el tema de los OVNIs. También estaba la obra completa de
Beroso, sacerdote babilonio, historiador y astrólogo, que inventó el cuadrante
solar semicircular y concibió una teoría sobre el conflicto entre los rayos del
Sol y la Luna, anticipo de trabajos más modernos sobre la interferencia de la
luz. Pero su obra más curiosa fue la 'Historia del Mundo' donde narraba cómo en la
antigüedad unos extraterrestres, los Akpalus (parecidos a peces y descritos con
sus trajes y escafandras), habrían enseñado a los hombres los primeros
conocimientos científicos. Hoy desgraciadamente sólo nos quedan escasos
fragmentos de esta obra. También podía consultarse la obra completa de Manethón,
historiador egipcio contemporáneo a la creación de la Biblioteca que investigó
los restos de la civilización faraónica y, en su calidad de sacerdote, tuvo
acceso a muchas tradiciones y secretos vedados a otros investigadores, muchos de
los cuales no sabían leer los viejos jeroglíficos. Si se hubiesen conservado sus
ocho libros y los cuarenta pergaminos selectos recogidos por él en los templos,
quizá sabríamos todo cuanto hoy ignoramos sobre el egipto faraónico y, lo más
importante de todo, sobre la civilización que lo precedió, aquella que Platón
identificó con la Atlántida.
|
De todas
estas obras y de otras muchas igual de apasionantes sólo nos quedan hoy
referencias, citas y fragmentos, recogidos por autores contemporáneos a la
existencia de la biblioteca alejandrina durante los mil años que se mantuvo
activa. Pero los asaltos a este templo del saber comenzaron pronto.
|
Julio César
tuvo el dudoso honor de encabezar la lista de incendiarios. En el año 47 a.C.
sus legiones tomaron Alejandría y saquearon la Biblioteca. Se calcula entre
cuarenta y setenta mil el número de volúmenes desaparecidos, parte en el
incendio que asoló un ala de los edificios y parte sustraídos para uso
particular de César. El siguiente ataque lo realizó la emperatriz Zenobia, reina
de Palmira, quien se rebeló contra Roma y atacó los territorios de esta
potencia, entre ellos Alejandría, donde incendió la Biblioteca o al menos una
parte de ella. El siguiente pirómano fue el emperador Diocleciano, quien en el
año 285 conquistó la ciudad y ordenó destruir dos bloques importantes de la
Biblioteca: uno con los volúmenes egipcios, para privar al país de su patrimonio
y hacerle perder su identidad, y otro con los volúmenes de alquimia, para
impedirles fabricar riquezas y levantar un ejército contra Roma. Obras clave de
esa cultura se perdieron para siempre.
|
|
|
| Los
cristianos fueron los siguientes en afán incendiario y en el año 390 el
patriarca de Alejandría, Teófilo, decidió acabar para siempre con el paganismo
en su diócesis destruyendo para ello el templo de Serapis, el Serapeum, junto
con el anexo de la Biblioteca alejandrina que tenía allí su sede. Miles de
manuscritos fueron saqueados, dispersados y, en la mayoría de los casos,
incinerados "para la mayor gloria del Dios cristiano". Sin embargo, el golpe
final vino de la mano de los árabes. En el 646, el general Amr Ibn-el-As
(enviado por el fanático Omar con la consigna funesta "no hacen falta otros libros que
no sean El libro" refiriéndose al Corán), conquistó Alejandría y destruyó la
biblioteca hasta sus cimientos. Omar había dado instrucciones precisas:
"En cuanto a los
libros, si lo que contienen es conforme al Corán, son inútiles pues no hace
falta más que El Libro de Dios. Si, por el contrario, lo que encierran se opone
al Corán, no los necesitamos. En ambos casos deben ser
destruidos".
Cuando se apagó el incendio de la Biblioteca alejandrina, Ibn-el-As ordenó
recoger los libros que no hubieran ardido y distribuirlos por los baños públicos
para que sirvieran como combustible.
La
Biblioteca de Constantinopla también tuvo un triste fin. En el 476 un incendio,
cuyas causas no han sido aclaradas, destruyó ciento veinte mil manuscritos
acumulados desde los tiempos de su fundador, Teodosio el Joven, en el 425.
También bajo el emperador León III y, sin que aún se sepa bien por qué, el
emperador mandó incendiar la Biblioteca, los manuscritos y a los
bibliotecarios.
En el siglo
XI los turcos saquearon la Biblioteca de los Califas de El Cairo que contenía,
entre obras del Islam y otras rescatadas de distintas bibliotecas, un total de
¡más de un millón de ejemplares!
En 1109,
entre la Primera y la Segunda Cruzadas, los francos rindieron la plaza de
Tripoli y para festejarlo asaltaron e incendiaron la biblioteca Islámica que
contenía un verdadero tesoro de textos árabes; era su particular manera de
vengar al conde Raimón de Tolosa, que había fallecido durante el
asedio.
En España,
en 1236 Fernando III de Castilla conquistó la ciudad musulmana de Córdoba,
antigua capital del califato, y para ayudar a la conversión de los infieles se
le ocurrió alimentar una hoguera con la Biblioteca de los Califas que atesoraba
lo mejor del saber de Oriente y Occidente.
A partir de
1483 un ángel exterminador anduvo suelto por España y su espada flamígera arrasó
sin piedad las obras cumbre del conocimiento. Creado el Consejo de la Suprema
General Inquisición a cargo de fray Tomás de Torquemada, organizó inmediatamente
una quema general de libros que repitió en 1490 y que incluía seis mil volúmenes
de magia, hechicería y otras ciencias malditas. Dos años más tarde, en 1492, el
Cardenal Cisneros emprendió su particular campaña de conversión quemando más de
un millón de libros, incluidos los que integraban la fabulosa Biblioteca de la
Alhambra. Como recompensa, fue nombrado Inquisidor General en
1507.
Durante el
siglo XVI, terminada la reconquista territorial española, el cristianismo
emprendió una reconquista espiritual contra las creencias ajenas. Los libros de
judíos y moriscos se arrojaron al fuego para demostrar la superioridad de la fe
católica.
Desde 1517,
Lutero y sus seguidores proporcionaron crecientes quebraderos de cabeza a la
Iglesia de Roma. Por las mismas fechas, surgió Erasmo y luego los iluminados. La
respuesta fulminante fue impedir la difusión de tales ideas arrojando a la
hoguera a los autores y sus obras.
|
|

|
| La
Inquisición española elaboró, en 1540, una Lista de Obras Prohibidas y comenzó a
saquear las bibliotecas. En 1548 Roma organizó la Congregación del Santo Oficio
de la Inquisición, encargada de redactar la primera Lista de Libros Prohibidos
conocida. Con ambas listas -y antorcha en mano- los inquisidores se dedicaron a
recorrer Europa saqueando y masacrando bibliotecas públicas y
privadas.
|
| A partir de
1559 la lista de obras prohibidas se unificó tomando un nombre oficial que se
haría tristemente célebre: Index Auctorum et Librorum Prohibitorum, Índice de
Autores y Libros Prohibidos. El episodio tal vez más surrealista de este Índice
fue la inclusión en él, en 1640, de la obra 'El ingenioso hidalgo don Quijote
de La Mancha' y
de su autor don Miguel de Cervantes, acusado de poner en peligro la fe católica,
y ello por una sola frase.
|
|
| A pesar de
todo, algunos libros prohibidos consiguieron escapar a la quema. Se dio la feliz
circunstancia de que el rey Felipe II de España fuera aficionado a la alquimia y
el ocultismo, y ordenó que las obras secuestradas sobre esos temas fueran a
parar a su biblioteca particular y a la del Monasterio del Escorial. Se salvaron
así valiosísimos ejemplares de magia, astrología, filosofía, medicina, etc., no
sólo cristianos, sino también musulmanes y judíos. Por desgracia, en 1671 se
produjo un extraño incendio en tan rica biblioteca, sin que se sepa a ciencia
cierta si fue casual o provocado. Lo cierto es que en el monasterio perecieron
cerca de cuatro mil manuscritos. A pesar de ello y de posteriores desgracias,
aún es posible consultar algunos de los miles de libros malditos que salvaron
Arias Montano y su discípulo fray José de Sigüenza.
|
| Sin
embargo, el Índice siguió activo durante muchos siglos, también en el continente
Americano recién colonizado, donde son tristemente célebres las incineraciones
de códigos mayas y aztecas. Y también en España la actividad restrictiva
continuó siendo tan eficaz y completa que dio al traste con el llamado Siglo de
Oro nacional, pues durante los siglos XVI y XVII la falta de estímulos externos
(a causa del aislamiento intelectual) resultó determinante.
|
| Y si la
actitud de la Iglesia católica había causado un daño irreparable a la palabra
escrita, no menor fue el causado por los ilustrados cuando, en sucesivas etapas
dictaron leyes que provocaron la pérdida de numerosas bibliotecas de conventos y
monasterios.
|
|
|
| Cuando
parecía por fin que todo había acabado, que la razón había despejado las
tinieblas, volvió a empezar la guerra contra los libros por obra y gracia del
nuevo Torquemada del siglo XX: el español Rafael Merry del Val, nombrado por el
Papa Inquisidor General. Su obra maestra fue que la Inquisición volviera a
hacerse cargo del Índice en 1917, con motivo de lo cual escribió el prefacio a
la reedición en 1930 del Index.
Su
filosofía combativa permaneció vigente hasta 1966, cuando oficialmente quedó
suprimido el Índice, en parte porque ya nadie le hacía caso y en parte porque ya
no es posible encender hogueras en los países occidentales. Sin embargo, el
espíritu del Índice permanece tristemente intacto bajo la actual Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe, institución heredera de la Inquisición,
y en algunos países de la esfera islámica donde los autores de libros
contestatarios (contrarios a sus dogmas de fe, cuyo ejemplo más popular es la
obra 'Versos
Satánicos', de
Salman Rusdhie) corren el riesgo de pagar la osadía con sus vidas. Quiere decir
esto que, por desgracia, aquí y en cualquier lugar donde prime alguna forma de
extremismo, la conjura contra los libros continúa activa.
|
|