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LA INSOPORTABLE GUERRA DE LOS SEXOS

(F. Gavilán)


Los expertos aseguran que los graves conflictos por los que atraviesa la pareja se han acentuado desde que la mujer ha accedido al mercado de trabajo y ha tomado conciencia de su nuevo papel en la sociedad. Incluso, las feministas se apoyan en algunos datos científicos para asegurar que la mujer está más evolucionada que el hombre y debe relegar a éste a la condición de ser inferior. Las armas están afiladas y ya se está elucubrando sobre dónde se desarrollará la próxima batalla.


PAREJA: "Sistema de dos fuerzas iguales, paralelas y dirigidas en sentido contrario la una de la otra".


Esta definición, que figura en el diccionario del Petit Larousse, es harto premonitoria del clima bélico hacia el que, por lo general, se orienta la convivencia entre hombres y mujeres. Pero, ¿quién se toma hoy la molestia de consultar antes de emparejarse? ¡Si no lo hacemos siquiera para ahorrarnos una falta ortográfica!


Mantener la unión entre hombre y mujer requiere muchos más sacrificios que seguir una dieta adelgazante o luchar contra el estreñimiento. Psicoanalistas, sociólogos y filósofos afirman que los graves conflictos por los que atraviesa la pareja se han acentuado desde la toma de conciencia de las mujeres respecto a su nuevo papel en la sociedad. Hay, en efecto, un miedo masculino a la independización de la mujer. Ellos se encuentran desubicados. Les gustaría que, como en el cine, acudiera enseguida el acomodador: ¡Para poner a cada uno de nuevo en su sitio! Ellas, las feministas, no se explican por qué si la tecnología ha podido poner un hombre en la Luna, ¿por qué no todos?


Y ahora, el feminismo extremo parece estar luchando para alcanzar todavía objetivos más revolucionarios: "¡Las mujeres no debemos parar hasta que ellos sean las mujeres y nosotros los hombres!". Pero aquí hay un error de apreciación feminista. Nadie sensato puede desear convertirse en un ser tan incompleto como el hombre. Lo cierto es que, por distintas causas, existe en nuestra sociedad una alta dosis de agresividad entre hombres y mujeres. Y si, pese a todo, se emparejan, es porque en el fondo les gustan las catástrofes. Porque no existen pruebas científicas de que exista o haya existido nunca una pareja feliz.


¿Son las mujeres diferentes de los hombres?

La aparente superioridad física masculina es un mito. Según el Public Health Service (USA), el organismo femenino es mucho más fuerte que el masculino. Su sistema inmunógeno es mucho más completo. La mujer es más refractaria a las enfermedades del corazón, el estrés y los tumores malignos. No es raro, pues, que la esperanza actual de vida para ella sea de ochenta y dos años, mientras que para el hombre es sólo de setenta y siete. Se dice que la mujer envejece más rápidamente que el hombre. ¡Pero éste se muere antes!


Hay todavía más pruebas de la superioridad biológica de la mujer: ¡El hombre todavía no ha conseguido dar a luz! Hablando de alumbramientos, el hombre sólo ha sido capaz de cambiar los plomos e inventar la silla eléctrica. Un mérito de ¡apaga y vámonos! Psicológicamente, la mujer también nace con un mayor grado de madurez. Y aprende a hablar, a andar y a servirse de las manos mucho más rápidamente que los niños. Emocionalmente, la mujer sabe resistir mejor los embates de la vida. Ella es también, en otros muchos órdenes, superior al hombre. No es de extrañar, pues, la reacción que una bibliotecaria tuvo ante un lector que le pedía el libro titulado 'La superioridad del varón'. "Los cuentos (repuso fríamente la mujer) están en el segundo pasillo a la izquierda".


La tradicional sumisión de la mujer al hombre tuvo su origen en la coacción. En la fuerza masculina. Pero hoy, gracias a la evolución tecnológica, la sociedad depende cada vez menos de la fuerza muscular y más de la habilidad, la inteligencia, la imaginación y la memoria. Cualidades éstas en las que la mujer destaca, pero ante las que el hombre siempre ha cerrado los ojos. Desaparecida también hoy la prueba de inferioridad de la mujer porque ésta no empuñara las armas, al hombre no le ha quedado más alternativa que defenderse atacándola por su psicología.






Así funciona la "lógica femenina"

Los hombres creen, por lo general, que la falta de entendimiento con el sexo opuesto es inevitable. No por las evidentes diferencias biológicas, fisiológicas y sociales a favor de la mujer, que ya empiezan a ser tímidamente reconocidas por los hombres. Sus ataques se apoyan en su psicología diferencial negativa. Acusan a la mujer de tener comportamientos poco racionales. Lo que los hombres llaman, despectivamente, "la lógica femenina".




El mundo masculino tiene, en efecto, la impresión de que la mujer posee una serie de hábitos, actitudes, formas de ver la vida, de hablar y de sentir, bastante distintos de las de los hombres. En ellos basa el hombre, entre otras razones, su incompatibilidad convivencial. Todos estos inconvenientes los puede descubrir él de golpe. Justamente, cuando su mujer descubre que él se comporta como un bígamo. Ya se sabe, la bigamia es tener una mujer de más. Con frecuencia, ¡la monogamia también!




Pero, ¿hacen realmente las mujeres cosas que los hombres no hacen y viceversa? Probablemente. Pero los hombres exageran la importancia de las diferencias femeninas más triviales, calificándolas de ilógicas o poco racionales. Si hay interés jurídico, los abogados de ellos las elevan a la categoría de "incompatibilidad de caracteres". Esto les permite a los hombres mantener un permanente estereotipo subcultural del mundo femenino. Y reafirmarse en el tópico de que "a las mujeres no hay quien las entienda".


Sentimiento X

Esta estrategia reduccionista y maniquea tiene su "máximo" exponente en ejemplos como los siguientes:

Conducen el automóvil muy lentamente. Y cuando están ante un semáforo y éste se pone verde, se demoran mucho en arrancar. Dan la sensación de que están esperando que aparezca su color favorito.

Llaman por teléfono a sus amigas sin ningún propósito específico. Exclusivamente para charlar por charlar. Hablan como cotorras, lo que les obliga a cambiar el aceite cada 5.000 palabras.

Son terriblemente inseguras. Se encierran en el cuarto de baño echando el pestillo ¡aunque estén solas en casa!

Se demoran conscientemente en las citas. ¡Se retrasan en cualquier actividad que emprenden! (Los hombres, en cambio, son mucho más rápidos en todo, ¡incluso en eyacular!).

Incomprensiblemente, necesitan menos sexo que los hombres. (Éstos, muy a su pesar, se ven obligados a satisfacerse fuera de casa).

Para acudir al retrete de un lugar público, se hacen acompañar siempre por otra mujer. (Y al médico también).

Aprietan el tubo de la pasta dentífrica por el centro en vez de hacerlo por su extremo inferior. Y no lo reemplazan hasta que les duelen las yemas de los dedos de tanto presionar.


Estos ejemplos no tienen, por supuesto, ninguna validez como argumento que justifique la tradicional falta de entendimiento entre hombres y mujeres. Son puros pretextos a falta de otros razonamientos más coherentes. Es la inseguridad del hombre lo que le ha impulsado a creer que únicamente su comportamiento es lógico. Los hombres critican por sistema la "lógica femenina". Únicamente en un caso dejan de hacerlo: cuando, ante las pretensiones sexuales del hombre, la mujer dice "no" por la mañana y "sí" por la noche, sin que nada haya cambiado, a excepción de la hora. ¡Ahí piensan que la incoherencia femenina es admirable!

 

Habla, mudita, habla

Son otras las diferencias que obstaculizan realmente la comprensión entre ambos sexos. Mucho se ha hablado de las biológicas. Pero poco se ha enfatizado sobre las del lenguaje. Éste también constituye una barrera importante que impide que ambos puedan llegar a entenderse como seres humanos. Cuando las parejas intentan comunicarse, ¡a menudo lo hacen con la misma claridad que el Pato Donald!

Los hombres hablan entre sí de asuntos externos: "trabajo", "automóvil", "fútbol", "política", "negocios" y "tipos de vino y quesos". Y cosas así. Las mujeres, en cambio, lo hacen sobre asuntos internos: "problemas emocionales con los hombres", "alimentación", "peso", "sentimientos" y "de lo que falta en el frigorífico". Las mujeres se ocupan, pues, de "lo privado" y los hombres "de lo público". De ahí la denominación de Hombre Público. Si la mujer pretende homologarse a él, en este sentido, ya se sabe, se convierte, por obra y desgracia del Diccionario, en una ramera.




Sexo, una guerra de malentendidos

Así, cada uno de los sexos califica los temas de conversación del otro de superficiales. Simplemente porque no son de su interés. Son los distintos estilos de conversación y la función que ésta cumple para cada sexo lo que realmente les incomunica. Tan diferentes son los objetivos que cada sexo persigue en sus conversaciones, que es harto conocida la típica división por sexos de las reuniones de parejas. Cada grupo tiene sus conversaciones diferenciadas del otro grupo. ¡Aunque estén ubicados intercaladamente! Pareciera como si los hombres y las mujeres no pudieran mezclarse en las conversaciones. Sólo en las camas. Ahí los hombres toleran que la mujer diga cualquier cosa que a él no le interese, a condición de que la diga desnuda.

Existen otros muchos factores desencadenantes de la guerra de los sexos (afán de felicidad, afán de posesión, afán de manipulación, afán de dependencia, etc.) pero, al final, hay un hálito de esperanza para desterrar de nuestro diccionario de aforismos la terrible frase con que Sartre se refirió a la convivencia humana: "Hemos venido al mundo para no entendernos. Y si alguna vez nos entendemos, es porque hay un mal entendido".


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