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FLORITURAS VERBALES

(F. Gavilán)


Los calvos están de enhorabuena. A partir de ahora, nadie les llamará así. Se ha inventado un peluquín gramatical que los convierte en "personas con una desventaja capilar". Y lo mismo ocurre con gordos, sordos, aburridos o viejos. Casi toda la humanidad se beneficiará de lo políticamente correcto. Un movimiento cultural que pretende desterrar del vocabulario toda expresión falta de ética, sexista o simplemente ofensiva. ¿Una hipocresía, una cursilería o va de verdad en serio?


¿Se puede llamar gordo a un obeso y bajo a un corto de estatura? Si no se padece afonía, claro que se puede. Pero la actual cruzada del lenguaje políticamente correcto (PC) obliga a denominarlas personas que tienen un "reto horizontal" y un "reto vertical", respectivamente. Aunque, si se desea una definición conjunta, ambas pueden también ser calificadas como "diferentemente dimensionadas".


Tampoco debe llamarse a nadie ignorante, sino "no poseedor de conocimientos básicos". Y si no sabe leer, ni escribir, ni las cuatro reglas aritméticas, absténgase de tildarle de analfabeto: es, simplemente, una persona "incapaz de responder a los retos a los que se enfrentan en la sociedad actual". De igual forma, no se debe hablar de homosexualidad, sino de "preferencia sexual alternativa". Ni mucho menos de mujer frígida a la que nunca ha tenido un orgasmo. Lo PC es referirse a ella como "mujer sin respuesta sexual". Porque es perfectamente lícito que lo que más le guste de hacer el amor ¡sea el cigarrillo que se fuma después!


Cada vez más, el lenguaje PC se va incorporando a los países occidentales. El origen de este movimiento se ubica en la izquierda universitaria y el ultrafeminismo norteamericano. Su pretensión es limpiar éticamente el diccionario transformando las palabras sucias, dolorosas, racistas, sexistas u ofensivas en otras hipócritamente suaves, agradables e indirectas que embellezcan la realidad, descarguen nuestra conciencia y favorezcan las relaciones interpersonales. Uno de los aspectos más llamativos de estas nuevas florituras verbales es el vasto surtido de expresiones entre el que uno puede elegir. De acuerdo con esta nueva política vocabularia, resultaría imperdonable, por ejemplo, calificar de viejo a una persona de noventa años. Lo correcto es apelar a la "tercera edad, edad dorada o cronológicamente dotada". La flexibilidad del método permite incluso que cada uno desarrolle su propio florilegio. El más optimista puede emular a las exitosas sagas cinematográficas y referirse a la vejez como "¡Juventud. Parte II!"


Eufemismos que decoran

Los eufemismos han existido siempre. Y por lo que a lo PC apunta, tienen profundos motivos para seguir existiendo. Muchos son tan deliciosamente ridículos que hasta provocan la hilaridad (pedo: "turbulencia interior corporal", o halitosis: "ofensa oral"). Otros ocultan realidades que la gente teme: la muerte, el muerto, el diferente, lo desagradable, etc. O encubren los hechos de la vida que, inevitablemente, nos recuerdan a todos, incluso a los más etnocéntricos (esos que siempre quieren comprar el mapa mundi de su pueblo), lo que realmente somos: puro polvo. Aunque los más elitistas aspiren siempre a diferenciarse convirtiéndose, al menos, ¡en fertilizante!


Los eufemismos son el lenguaje hipócrita (perdón, "no franco") a través del cual se perciben los signos visibles de nuestras ansiedades, vergüenzas, temores y conflictos. Básicamente, los eufemismos se dividen en dos tipos: los positivos y los negativos. Los positivos magnifican y exageran con el fin de que los conceptos parezcan más importantes de lo que en realidad son. Incluyen, entre otros muchos, los títulos de las ocupaciones que tienen poca relevancia. Pero que salvan los egos de los trabajadores elevando la categoría social de sus trabajos. De este modo, el portero se convierte en "controlador de accesos", el obrero en "productor" y la maquilladora en "cosmetóloga".


La obsesiva manía norteamericana de etiquetar a cualquier técnico como "ingeniero" parece que ya contagió tiempo atrás a los respetuosos portugueses hasta el extremo de bautizar a los barrenderos de esta guisa: engenheiros de carros de merda. Estas delirantes ideas de grandeza podrían llegar a cuajar hasta en la triste realidad de la psicología del parado (o cesante en Latinoamérica) que podría llegar a autotitularse: "¡Director General de Asuntos Propios!".






El deseo de mejorar las circunstancias personales es evidente. Desde hace ya algunos años, se puso en circulación un amplio espectro de títulos para elevar la categoría social de los empleos. Los vendedores, por ejemplo, son ya una especie en extinción. Sólo existen "asesores comerciales" o "promotores de ventas".




Asimismo, el cometido de los ascensoristas no es, como algún ingenuo pudiera creer, algo tan simple como subir y bajar la cremallera de una bragueta. Sepan todos que estos conductores, según lo PC, pertenecen ahora nada menos que al "Cuerpo de Transporte Vertical". Y que los bibliotecarios de toda la vida ya no son esos seres de rostro severo cuya misión era disparar miradas asesinas al lector que padeciera un acceso tusígeno. No. Ahora los bibliotecarios son, por mor del lenguaje políticamente correcto, "especialistas en la recuperación de la información". ¡Los mismos que recomiendan quitar la paja de los libros y leer sólo el capítulo donde está la esencia!

La obsesión por ser algo

El afán de aparentar puede distribuir así a una exigua plantilla de cuatro personas: una, director general; otra, director adjunto; la tercera, consejero delegado; y la última, subdirector de servicios. Y es que la pomposidad de los títulos parece indicar que alguien está haciendo algo importante en la vida. ¡Sólo hace falta averiguar qué! Tal vez reunirse. Porque las útiles -por su poder escaqueante- "reuniones de trabajo" también han sido rebautizadas por lo PC. Lo apropiado es llamarlas "alternativas prácticas al trabajo".

Y se puede seguir: albañil, "ayudante técnico constructor"; camarero, "experto en traslados a cortas distancias de material alimentario de consumo inmediato"; prostituta, "azafata de cama". Y, respecto al ya comentado empleo de ascensorista, esta sugerencia constituirá una verdadera terapia recuperadora de la autoestima de estos conductores verticales: "técnico en pulsaciones digitales de efectos ascendentes y/o descendentes". Y es que hoy en día ya no es posible tocar el cielo con las manos vacías. ¡Es preciso llevar enrollados en ellas un título!




Los eufemismos han estado muy arraigados en todas las sociedades y culturas. Los han usado gentes e instituciones preocupadas por presentar únicamente las imágenes más elegantes posibles de sí mismas. Y también han servido para evitar pronunciar lo innombrable. De ahí que casi todos digamos que vamos al baño cuando no tenemos intención alguna de bañarnos. O que Carlos y Camila son amigos, porque suene mucho mejor que "amantes sin estar casados". O que el fallecido Rodríguez o Pérez "ha pasado a mejor vida" o que "ha partido". ¡Como si hubiera tomado el último avión hacia el último rincón del mundo!

Sin embargo, en la actualidad, el lenguaje políticamente correcto parece rizar el rizo de la eufemismología. Descubre que la mayoría de palabras que empleamos son peyorativas, ofensivas o incluso insultantes. Etimológicamente, tienen una concepción machista, clasista o sexista del mundo que las hacen moralmente impronunciables. Por ejemplo, según lo PC, hay que abstenerse de calificar a alguien de deshonesto: se trata sólo de un "desorientado ético". O de sordo: es un "oyente diferenciado". O de ciego: es un "deprivado binocular". Tampoco se puede calificar de ladrón al que asalta tiendas, pues sólo practica la "compra alternativa". De igual modo, el robo de un automóvil se transforma en una "apropiación indebida". La inflación ha deteriorado tanto el valor del dinero ¡que ni siquiera los atracadores aceptan ya el efectivo!

La palabra que maquilla

Y ahí se encuentra el lenguaje de lo PC, en un desesperado esfuerzo por convertir las palabras más temidas en circunloquios tintados de rosa. Así que anota bien, porque no saber que un cementerio se llama ahora "parque del recuerdo" o que tu vecino padece "disfunción eréctil" en vez de impotencia, puede ponerte, lo siento, situarle, en aprietos.


Chorradas del mundo

El fenómeno "políticamente correcto" es un proceso de reflexión sociopsico-lingüístico cuyo objetivo parece querer concienciarnos de que no sólo es incorrecto llamar gordo a un gordo o bajo a un bajo, sino que lo éticamente abominable es pensar que lo son. Es lo que este movimiento social llama pecar de sizeism (tamañismo); esto es: considerar que las personas (o animales) están supeditadas a unas medidas concretas. Y tienen razón. Todo es relativo, como ya demostró Einstein hace años. El tamaño de su cintura, por ejemplo, ¡depende de lo bajo que se ponga los pantalones o la falda! ¿O no?


¡Ni lo nombres!

Los eufemismos negativos son muy antiguos. Al contrario de los positivos, desinflan o disminuyen los efectos o connotaciones no deseadas. Los hay defensores por antonomasia. Son los que componen o desactivan el poder de los tabúes y erradican del lenguaje todo aquello que la gente prefiere no abordar directamente. Como la muerte, los nombres de los muertos, el cáncer, determinados lugares y, por supuesto, las actividades sexuales y todas las partes de la anatomía humana más directamente implicadas en ellas. El motivo de su generalizado uso parece estar en una confusión entre los nombres de las cosas y las cosas en sí mismas. Así, conocer o pronunciar el nombre es otorgar un poder a la cosa. Un poder que puede parecer peligroso: "Hablar de cáncer y aparecer éste". La estrategia es, pues, usar otro nombre más favorecedor o, cuando menos no tan obvio, en lugar del verdadero nombre: "La enfermedad de la C" o "enfermo oncológico". El miedo a la muerte le hace decir a Woody Allen una de sus célebres paradojas: "No tengo miedo a morir. Simplemente, no quiero estar allí cuando ocurra".


Ya que el miedo a la muerte está tan generalizado, el acto de morir se ha denominado pasar a mejor vida o descansar en paz. Y nada debería extrañarnos que, conforme a la fuerza que parece adquirir lo PC y al impacto emocional que supone morir, pronto pueda describirse como "interrupción involuntaria del proceso respiratorio" o algo así. Del mismo modo, la palabra muerto es tabú. Y aunque la gente emplea en su sustitución ser querido o deudo, ya se propone que lo PC es denominarle "persona terminalmente incapacitada" o "no viable". Incluso los cementerios, en algunos países americanos tales como Chile o Estados Unidos, han pasado a llamarse, como decía antes, parques del recuerdo.


El tabú sexual

En cuanto al aspecto sexual -cuya importancia eufemística merecería capítulo aparte- de sobra son conocidas las múltiples florituras verbales que se aplican para eludir palabras como pene, vagina, fornicación, etc. Citarlas aquí ocuparía tanto espacio como el de la guía telefónica de México D.F. Pero apuntar, al menos, que el latín es, en este caso, una fuente popular para camuflar ciertas actividades sexuales que, de pronunciarlas en el propio idioma, parecerían obscenas: fellatio, cunnilingus, coitus interruptus.

En la prensa uruguaya apareció la última frase políticamente correcta con la que se quiere denominar en este bonito país a los moteles de encuentros sexuales: "Hoteles de Alta Rotatividad". Lugares adonde, dígase de paso, suelen acudir hombres que no padecen disfunción eréctil. ¡Otro eufemismo para no ofender a los impotentes!


También el lenguaje PC es muy atractivo para personas o instituciones que tienen algo que ocultar. Que no desean expresar lo que piensan. O que prefieren mentir sobre la realidad de lo que hacen. Los políticos son adictos por excelencia a la eufemismología. Al querer ocultar el engaño y la frustración usan, constante y conscientemente, confusos circunloquios e intrincadas florituras verbales. Cuando alguien les acusa, por ejemplo, de haber metido la pata, siempre reaccionan, indefectiblemente, con frases del estilo "mis palabras han sido mal interpretadas" o "mi frase se ha sacado de su contexto". El lenguaje político (decía Orwell) está diseñado para confundir y decir mentiras que parezcan verdades. Por tanto, el político siempre está expuesto a que cualquier moderador de televisión le pregunte: "¿Podría usted, en estos breves minutos finales, decirnos de qué ha estado hablando en la última hora?".

Aprender español


Cómo camuflar la verdad

También es harto conocida la actual pomposidad eufemística que en el área económico-empresarial se utiliza. Su objetivo es, como en política, camuflar la realidad. Los impopulares "despidos masivos laborales", cuyo clarificante significado no se le oculta a nadie, se convierten, en términos PC, en correcta distribución de los recursos humanos o rectificación del equilibrio laboral; el receso, en período de ajuste económico. Y, cuando el ejercicio de la compañía no arroja ganancias, eso es crecimiento cero.


En este sentido, es encomiable el esfuerzo que lo políticamente correcto hace por evitar ofender a los pobres. Éstos se han transformado en económicamente inviables, población desfavorecida, socialmente desventajados, deprivados culturalmente, económicamente explotados o, lo que más bien parece un sarcasmo: grupo de impuestos más bajos. Todo un lujo de opciones que, si bien no consiguen cambiar la situación de los pobres, al menos, ¡los convierte a todos en ricos en eufemismos!


Cuando la floritura verbal va demasiado lejos, como lo está haciendo la actual moda de lo políticamente correcto, los eufemismos -tanto positivos como negativos- tienden a fundirse en una sensiblería cursi: sudar, por ejemplo, se vuelve obsceno de repente. Mejor transpirar. Aunque si es en la axila, lo apropiado es referirse a "humedad bajo el brazo". Para eliminar el sexismo, el pene se convierte en clítoris prolongado. Asimismo, una palabra inadecuada es ahora una inexactitud terminológica. Un aburrido, carente de encanto. Un enfermo, un consumidor de cuidados para la salud. El régimen para adelgazar, una terapia de evitación nutricional y alguien grandote es una persona completamente vestida (por aquello de que usa la talla máxima). Con esta ola de supercorreccionismo que nos invade y ante el temor de ser con demasiada frecuencia políticamente incorrectos, parece oportuno tomar las precauciones de ese pulpito que le pregunta a su madre: "Quisiera saber cuáles son mis manos y cuáles son mis pies...".


Llega el escapismo

La lengua es un proceso vivo en constante cambio. Las palabras nacen. Unas son flor de un día. Otras, se eternizan por siglos. Y algunas, con el tiempo, cambian de significado. Hasta aquí llega el consenso, ¿no? Sin embargo, acuñarlas para imponerlas casi "por decreto" para que la imperfección de este mundo se oculte detrás de unos decorados tan ostentosos como los que construía antiguamente la Metro Goldwyn Mayer para sus musicales, es harina de otro costal.


La moda de lo PC parece una forma de escapismo. Se ajusta más bien al análisis del etnólogo alemán Hans F. Duerr: "A medida que la realidad social reflejada en los telediarios es más atroz, el observador huye hacia la intimidad incontaminada de su propio mundo". Algunas propuestas de este movimiento PC podrían ser positivas para mejorar la realidad. Pero sus promotores han sido tan generosos en gazmoñería que, en el fondo, es posible que no quieran cambiar nada. ¿Qué favor le haríamos al preso si propugnásemos que lo suyo es un "proceso de autorrealización personal temporalmente detenido"? ¡Pues eso!


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