| Este dicho
se emplea para designar todo lo que parece o quiere presentarse como modelo de
fácil prosperidad y abundancia.
Jauja es
una localidad peruana enclavada en el Suyo de Huancayo, en los Andes, situada
a 3.411 metros de altitud y fundada por
el extremeño Francisco Pizarro en
1533 como capital de su virreinato. En la
época de las colonias, el virrey Amat la convirtió en su lugar de residencia por
la bondad del clima para el reuma y las enfermedades respiratorias. De esta
manera, Jauja se erigió en un enclave codiciado por los enfermos. Su fama vino a
hacerse legendaria y acabó por llegar a España, traída por los inmigrantes. La
fantasía popular acabó por identificar Jauja con el paraíso, máxime si se tiene
presente que esa zona del altiplano andino era rica en minas de plata
constituidas por vetas a flor de tierra, semejantes a ríos de este preciado
mineral.
(A
este respecto, existe una composición anónima
que bajo el título 'La isla de Jauja'
nos cuenta: "Isla deliciosa, y tanto,
que allí ninguna persona puede aplicarse
al trabajo, y al que trabaja le dan doscientos
azotes agrios. Sus habitantes viven más
de trescientos años, sin hacerse
jamás viejos, y cuando mueren, lo
hacen de risa. Las murallas de la ciudad
son de bronce, las puertas de diamantes
y las calles de ébano y marfil. Los
mares son de vino, los arroyos de limonada,
los campos de mantecada y los valles de
mermeladas y mazapanes. Hay en la ciudad
treinta mil hornos, y todos tienen, sin
costar un cuarto, con abundancia molletes,
pan de aceite azucarado, bizcochos de mil
maneras, chullas de tocino magro, empanadas
excelentes de pichones y gazapos, de pollos
y de conejos, de faisanes y de pavos".
Por
su parte, 'La tierra de Jauja', otro relato
escrito en este caso por el dramaturgo
sevillano Lope de Rueda en el año
1547, explica cómo Mendrugo, un campesino
de pocas luces, lleva una cazuela de comida
a su mujer que está presa. En el
camino se encuentra con dos ladrones que
le cuentan que vienen de Jauja, la tierra
donde mana leche y miel de las fuentes,
los árboles -con sus troncos de tocino-
dan buñuelos como frutos y las montañas
son de queso. Un lugar donde las calles
están pavimentadas con yemas de huevo
y todo se consigue en gran abundancia y
de balde. -Mientras el pobre infeliz les
escucha ensimismado, éstos aprovechan para
robarle la comida y huir.-)
Rafael
Escamilla en su obra 'Frases hechas' aclara
finalmente toda esta insensatez: "Allí
iban a curar sus enfermedades los trabajadores
de las minas de oro o de las selvas vírgenes
atacados por las fiebres. Cuando estos trabajadores
regresaban a España contaban las
excelencias de aquella comarca que efectivamente
era idílica, aunque más bien
en el sentido de reposo. La fantasía
popular mezcló el oro de las minas
con el encanto del paisaje y de esa forma
se encargó de elevarla al rango de
dicho popular".
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