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BRUJAS CONCUBINAS
DEL DIABLO
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Seres mágicos a caballo
entre la realidad y la fantasía, han sido víctimas de su propia leyenda. Mujeres
depravadas o amantes lascivas, malignas aliadas de las tinieblas, personajes de
leyenda o mero reflejo de las represiones sexuales. |
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El debatido
tema del sexo de los ángeles tiene más de especulación gratuita que de sesuda
reflexión: escrito está en el Antiguo Testamento que los "hijos de Dios", los
ángeles, se unieron carnalmente con las mujeres, las "hijas de los hombres", y
engendraron a los "héroes famosos muy de antiguo". Hay cierta lógica en ello,
pues, resuelto el problema de la compatibilidad genética, la combinación de
seres física y espiritualmente superiores con mujeres comunes, aunque fueran
hermosas, ha de dar como producto resultante criaturas inferiores a los ángeles,
pero superiores a los humanos. No se entiende, por tanto, que en la Europa
medieval se cuestionase la forma en que los demonios, ángeles caídos, pero
ángeles al fin, se las arreglaban para tomar apariencia sólida, como si a ellos,
por estar en el lado malo, se les hubiese privado de gozar físicamente. Claro
está, que a los otros ángeles tampoco se les concedía tal posibilidad, dijese lo
que dijese 'El Génesis': la cuestión fue resuelta salomónicamente por San Agustín en
'La ciudad de
Dios', aceptando
que, aun siendo espíritus, los ángeles pueden copular con las mujeres -lo que
convenía en el caso de los demonios- pero que los ángeles de Dios no cometieron
tal pecado y los hijos que concibieron con las mujeres se debieron a una
fecundación sin contacto carnal. |
Libres,
pues, de pecar, los demonios debían antes solucionar un problema técnico:
materializarse. A este propósito, demonólogos e inquisidores argumentaron con
tal entusiasmo y variedad de soluciones, que está uno tentado de darles crédito.
Algunos expertos en cuestiones demoníacas afirmaban que ya fuese íncubo (demonio
encarnado en hombre) o súcubo (demonio encarnado en mujer), su cuerpo había de
estar necesariamente frío. Su argumento no podía ser más lógico: si el agua,
para llegar al estado de "coagulación", necesitaba enfriarse, un espíritu, que a
todo lo más puede tener consistencia gaseosa, para coagularse en materia sólida
habría de requerir mucho más frío.
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| Otros, como
Sinistrari, un demonólogo del siglo XVIII, contemplaban también la posibilidad
de que el demonio se materializase mezclando diversos materiales para formar un
cuerpo. Al que luego daban movimiento y apariencia de vida, pero que solían
recurrir al mucho más sencillo sistema de introducirse en un cadáver reciente,
de hombre o mujer, según conviniera, y actuar con ese cuerpo
prestado.
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| Casos hay,
según la tradición, que escapan a esos condicionamientos, como si el demonio
pudiera encarnar en forma definitiva, con cuerpo propio y no prestado. |
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Se dice
de una maga griega llamada Heraide, que no era tal, sino un demonio que,
habiendo olvidado su primitiva condición y el cometido que a los de su clase
compete, estaba tan conforme en su condición de súcubo, que contrajo matrimonio
con un mercader de nombre Samíades, con el que mantuvo un año de apasionadas y
abundantísimas relaciones sexuales, hasta que él tuvo que viajar por razón de su
oficio. Fuese por rara enfermedad o por la condición bisexual de los demonios,
lo cierto es que al poco de quedar privada de sus desahogos orgásmicos, a la
otrora bella Heraide le salió un pene donde antes tuvo vulva y sus rotundos
senos se redujeron hasta no ser más que los de un hombre común. A la vuelta
de su viaje y pese a las artimañas que inventó el padre de Heraide, Diafonto,
para ocultar el cambio, Samíades descubrió que la que fuera su esposa se había
transformado en hombre. Aunque de talante liberal, el mercader no pudo asumir
las consecuencias de tal metamorfosis y decidió suicidarse, dejando a Heraide en
libertad de seguir las inclinaciones propias de su nueva condición. De esa
manera, la que antes fuese ardiente moza, se tornó en valeroso joven, llegando a
ser uno de los oficiales más aguerridos del ejército de Alejandro. Así se
cuenta, y algo de verdad habrá en ello, pero no es ésa la forma en que
habitualmente el demonio se manifiesta sexualmente, ya que lo hace, no por
propia satisfacción, sino por infectar el alma de hombres y mujeres con el
nefando pecado de la lujuria.
Según De
Lancre, al ser de naturaleza espiritual, los demonios no sienten placer o dolor,
por lo que su comercio carnal con los humanos tiene el único fin de degradar a
éstos. Frente a esa postura, la más comúnmente aceptada, otros demonólogos, como
Sinistrari, sostenían que íncubos y súcubos no eran ángeles malos, sino otro
tipo de entidades con la categoría inferior, a quienes la sexualidad atraía
sobremanera. Tal interpretación se acerca a la mitología griega, identificando a
los demonios concupiscentes con faunos y sátiros, más maliciosos que malvados,
dejando el papel de tentadores a Satanás y sus huestes, de categoría superior y
desprovistos de deseos carnales.
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Portentosa
virilidad
En su
'Tableau de
L'Inconstance des mauvais anges', el célebre abogado y demonólogo del siglo XVII De
Lancre incluye el testimonio de una acusada de brujería, Juana D'Aguerre, según
el cual, el diabólico falo era de tal tamaño que no podía recibirlo
"sin gran dolor
y ardor de fuego". Para colmo, el miembro lo tenía en la rabadilla, a modo de cola,
por lo que poseía a sus brujas amantes "agitando y comprimiendo las posaderas entre sus piernas
abiertas". En
dicho tratado se incluyen otros testimonios igualmente ilustrativos de la
heterogénea capacidad amatoria del diablo, como el de María de Marigrane, una
joven de quince años, que aseguró haber visto en varias ocasiones al diablo bajo
la forma de un cabrón copulando con muchas mujeres, y que si eran guapas lo
hacía por delante, mientras que a las feas se lo hacía por
detrás.
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Según el
testimonio de otra testigo interrogada por De Lancre, tanto bajo la forma de
macho cabrío, como bajo la de un hombre, el demonio tenía siempre un falo
"como el de un
mulo",
"largo y grueso
como un brazo".
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En su afán
de magnificar la potencia sexual del Diablo, los demonólogos e inquisidores
obtenían en los interrogatorios descripciones de sus genitales y las
consecuencias que el tamaño y forma de éstos producían en las mujeres, que más
que placentero, el ajuntamiento con él resultaba en extremo doloroso y
desagradable. Siguiendo con el ya citado libro de De Lancre, los testimonios
recogidos hacen referencia a diversas formas y consistencias, tan imposibles
como agresivas: "...el miembro de aquel demonio tenía una parte de carne y otra de
hierro, e igual sucedía con sus testículos". La misma acusada confesó que
esa sensación les daba también a otras mujeres y que así se lo habían contado.
Otra dijo que "el instrumento del diablo era de hueso, o al menos esa impresión daba,
y que por eso las mujeres proferían tantos gritos."
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Aún más
completa y pintoresca fue la descripción de otra testigo, quien, refiriéndose al
miembro viril del demonio, se expresó en los siguientes términos:
"Generalmente
era sinuoso y afilado, como una serpiente, unas veces con la mitad de hierro y
la mitad de carne, otras todo de hueso, y era bífido como la lengua de una
serpiente, así solía practicar el coito normal y la sodomía al mismo tiempo; a
veces, incluso, tenía una tercera prolongación que llegaba hasta la boca de su
amante".
La
descripción que hizo De Plancy, basándose en otros testimonios, es muy parecida:
"Nunca descubre
sus partes sexuales, que son largas de tamaño de un codo, escamadas y sinuosas,
con forma de serpiente de mediano grosor, y de un color rojo
oscuro".
Lo cierto
es que tales descripciones respondían más a la fantasía de los inquisidores,
especialmente curiosos a este respecto, que a la imaginación de las acusadas,
quienes confesaban a tenor de lo que el interrogador esperaba de ellas. Por eso,
los relatos de descomunales penes coexistieron con otros en los que se describe
el miembro del diablo como "del tamaño y grosor de un dedo", según la idea que al respecto
tuviese el inquisidor. No obstante, el concepto más extendido era el de un
desmesurado falo: "Afirman las brujas, que cuando yacen con demonios sufren grandes
dolores para admitir sus miembros, puesto que son muy grandes y muy
duros".
Claudia Fellet
confesó que las más de las veces había tenido la sensación de que le introducían
a la fuerza algo tan grueso, que por ancha que fuese su vagina, cualquier mujer
sentiría gran dolor.
En lo que
casi todas coincidían era en la extrema frialdad del cuerpo del demonio, pene
incluido, aunque durante la penetración unas sentían frialdad y otras ardor. Lo
mismo puede decirse de la eyaculación; para unas, como Sylvine de la Plaine,
condenada a la hoguera en 1616, "su miembro era como el de un caballo, que al penetrar
estaba frío como el hielo y emitía un semen igualmente frío", en tanto que otras muchas
brujas confesaron que el semen era "como un torrente de lava". |
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Pese a
todos los inconvenientes, la mayoría de mujeres que tuvieron comercio carnal con
el diablo se mostraron satisfechas del comportamiento de su amante, capaz de
realizar el acto sexual hasta cuarenta y cincuenta veces en una sola noche,
dejándolas tan exhaustas como satisfechas. Aunque no faltan aguafiestas, como
Guillermo de París, quien en su 'De Universo' afirma que se trataba de un engaño y que el coito lo
realizaban sólo una o dos veces, siendo el resto una fantasía que el diablo
introducía en la mente de las brujas. |
| Engañadas o no, casi todas ellas elogiaban
la capacidad amatoria desmesurada de su cornudo seductor, estando siempre
dispuestas a recibirlo de nuevo, pese a lo doloroso del encuentro, sobre todo en
aquellos casos, como los ya descritos, en que el pene demoníaco estaba cubierto
de escamas, lo que, si bien no dificultaba en exceso la penetración, resultaba
harto doloroso en el momento de retirarse.
Tampoco la
relación sexual entre hombres y súcubos (demonios en forma de mujer) resultaba
especialmente placentera. Nicolás Remy, fiscal del Tribunal Supremo de Lorena,
experto en los ardides del maligno, que presumía de haber mandado a la hoguera a
novecientas personas, escribió un grueso tratado, 'Demonolatría', que se editó en 1595, y en el
que, inevitablemente, se hace pormenorizada relación de los encuentros sexuales
de brujas y brujos con los demonios. En él se refieren casos de cópula
hombre-súcubo que reflejan más frustración que goce:
"Petronio Armentario confesó que cuando abrazaba a Abrael (nombre de su
súcubo) sus miembros se quedaban rígidos por el frío, y Henezel dijo que tenía
la sensación de introducir su miembro en una cavidad fría como el hielo y que no
conseguía llegar al orgasmo".
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Naturalmente, no siempre era así, y en no pocas ocasiones la
encarnación femenina de los demonios resultaba, además de hermosa, ardiente y
plenamente satisfactoria. No podría ser de otro modo, pues abundan testimonios
en los que el demonio ocupaba el lugar de la esposa, o viceversa, manteniéndose
el engaño durante años. De todas formas, en los procesos de brujería y en la
casuística de los demonólogos, el número de casos en los que intervenían súcubos
era muchísimo menor que el de los protagonizados por íncubos. La razón era
originariamente religiosa, atribuyendo a la mujer una condición más lasciva que
al hombre, además de haber sido cómplice de Satanás en muchas bíblicas
ocasiones. Basándose en tan poco feminista principio, los expertos entendían que
los demonios preferían seducir a las mujeres: a las feas brujas, porque, de no
ser con íncubos, difícilmente obtendrían compañía en la cama, y a las mujeres
hermosas, porque su complicidad les era luego preciosa para pervertir a los
hombres. No obstante, hubo casos de súcubos que alcanzaron notoriedad y fama,
como el que concierne al Papa Silvestre II, popularizado por Mapes en el siglo
XII y recogido por autores modernos, como Hope Robbins o F. Köning, aunque este
último se lo atribuye equivocadamente a Silvestre III. Según el relato, el que
luego sería Papa a lo largo del temido año 1000 (lo fue del 999 al 1003), estuvo
en relación amorosa con una bella súcubo durante mucho tiempo, cuando era
simplemente Gerberto de Aurillac. Después de estudiar en su tierra natal y en el
monasterio de Ripoll (Cataluña, España), llegó a Reims a los 34 años de edad. En
esa ciudad, de la que fue arzobispo nueve años después, cimentó su fama de
erudito, sobre todo en matemáticas y astronomía; fama que, unida a su
vertiginoso ascenso en lo eclesial y en lo político, indujo a muchos a pensar
que practicaba la nigromancia y se servía de medios mágicos para alcanzar cuanto
se propusiera.
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Cuenta
Mapes, que, recién llegado a Reims, Gerberto estuvo a punto de abandonar su
carrera tras un fracaso amoroso, y que fue ayudado a superar el trance por una
hermosísima y acaudalada mujer llamada Meridiana, que se convirtió en su amante
y protectora. En realidad era un súcubo, pero, lejos de burlarse del futuro
Papa, se mantuvo fiel en el lecho y en el uso de las artes mágicas,
concediéndole noches de placer y apartando los obstáculos que pudieran estorbar
su ascenso al trono de San Pedro. El que no resultó fiel fue él, pues, llegada
la hora de la muerte, confesó públicamente sus pecados y se arrepintió,
renegando así de una amante de la que no había obtenido otra cosa que
favores.
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Otra súcubo
famosa fue Armellina, amante de un sacerdote réprobo, al que Giovanni Francesco
Pico della Mirandola (no confundir con su tío homónimo, el célebre pensador
italiano) se refirió en su 'La strega' (La bruja), el primer libro sobre brujería que se editó en italiano,
tras el éxito obtenido por su versión original en latín:
"...Ese malvado sacerdote, al que ya me he referido, decía que sentía
mucho más placer acostándose con un súcubo llamado Armellina, que con cualquier
otra mujer. Y eso que mantuvo relaciones con no pocas, incluida su propia
hermana, con la que, según se dice, tuvo un hijo. Ese desgraciado hombre estaba
tan enamorado de Armellina, que ella lo acompañaba frecuentemente en sus paseos
por la plaza."
En esa
misma obra, Pico della Mirandola da cuenta de unos aquelarres presididos por el
diablo en forma femenina, no muy lejos de Roma. Bajo esa apariencia era conocido
como La Signora y, al decir de los confesos, era tan hermosa e iba tan ricamente
vestida, que ningún hombre se resistía a sus encantos.
Y ya que
ese tratado ha venido a colación, he aquí lo que Pico della
Mirandola dijo a propósito de la relación carnal entre brujas e íncubos, porque
su opinión contrasta con la de otros autores que describieron ese tipo de cópula
como poco satisfactoria: "Las brujas afirman sentir tal placer que aseguran que no lo hay
parecido en el mundo. Y yo creo que hay razones para ello. Primero, por la gran
hermosura y donaire que adoptan estos demonios; segundo, por la grandeza
extraordinaria del miembro. Con lo primero atraen las miradas y con lo segundo
producen placer en las partes más íntimas. Además, los demonios engañan a las
brujas, haciéndoles creer que están perdidamente enamorados de ellas, lo que
para estas necias mujeres resulta muy importante. También los demonios pueden
mover el miembro cuando está dentro, de tal forma que las mujeres obtienen más
placer con ellos que con los hombres". |
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