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ATRACCIÓN FATAL

(F. Gavilán)


El instinto de emparejarse es un conflicto que se arrastra en los genes. Pese a su dudosa forma de satisfacerlo, hombres y mujeres no han cejado en ese empeño. En contra de toda lógica, la gente insiste en tratar de entenderse con el sexo opuesto. El origen de este trastorno se debe a la absurda creencia de que ambos sexos pertenecen a la misma especie y evolucionaron en el mismo planeta.

Desde siempre los síntomas de este conflicto -aunque latentes en las mujeres- se han manifestado más ostensiblemente en los hombres. Éstos siempre han mostrado una acusada obstinación en tomar la iniciativa en el intento de relacionarse con el otro sexo. Aunque sean las mujeres las que, sutilmente, lancen el anzuelo. Ambas especies aspiran a ese estado civil en que un adulto esté seguro de que alguien se preocupa por su persona y su bienestar ¡al mismo tiempo que está furioso con él!


Desde que nació la organización social de los primeros homínidos, los estilos de aproximación intersexual evolucionaron muy lentamente. Pero es en la última mitad del siglo XX cuando estas fórmulas varían más que en el resto de la historia. En las décadas de los 50 y 60, por ejemplo, el lenguaje empleado era bastante neutro. Apuntaba, si acaso, un leve cariz seductor. Pero fórmulas introductorias como "¿estudias o trabajas?", "¿vienes mucho por aquí?", "¿dónde he visto yo tu cara?", "¿de qué signo eres?", "¿es realmente tuyo ese pelo?" o "me recuerdas mucho a una amiga" resultaron, por lo general, calamitosas: ¡Acababan en boda! Estas indeseadas formas de emparejamiento dieron lugar años más tarde a un fenómeno muy celebrado por los abogados matrimonialistas: la incompatibilidad de caracteres. Éste sería uno de los elementos básicos para la posterior implantación del divorcio como "sistema de corrección de errores". Creyendo los hombres que el reiterado fallo en sus emparejamientos podía residir en unos estilos de aproximación inadecuados, fueron introduciendo nuevas variantes. Aprovechando la liberación sexual de los 70, cambiaron aquellas arriesgadas fórmulas por otras mucho más directas. He aquí un modelo-tipo de autopresentación masculina:

--Hola.          --Hola.

--¿Te apetecería que nos fuéramos a la cama?

Esta fórmula tan directa escandalizó a los bienpensantes de la época, que aconsejaron a los más lascivos, es decir, a todos, dar un "poco de conversación" antes de hacer una pregunta tan directa. Muchos tomaron en cuenta el consejo. Así que, a la siguiente ocasión en que conocían a una muchacha, el diálogo ya se desarrollaba por cauces más dialogantes:

--Hola, ¿has estado alguna vez en Nueva York?          --No.

--Entonces, ¡vayámonos a la cama!

(otra opción era: ¿en tu apartamento o en el mío?).

La libertad sexual permitió, sin embargo, jubilar a la cigüeña, ¡ese sistema empleado para conseguir niños antes de que se inventara el sexo! Pero también trajo gran preocupación para los padres con hijas adolescentes.


En un afán de prever los embarazosos efectos de la liberación sexual, las madres, asustadas por las nuevas costumbres y las libertinas historias que el cine y los culebrones televisivos mostraban, decidieron preparar a sus niñas: "Mira, hija, normalmente, la gente no conoce a una persona e inmediatamente se va a la cama con ella". "¡Eso ya lo sé -replicaba segura la adolescente- ¡siempre se toman una copa juntos primero!". Esta época forzó largos emparejamientos que apenas cumplían un aniversario. Sin embargo, ante los avances del feminismo furioso de esa década, los hombres -ya en los 80- no tuvieron más remedio que reconsiderar sus machistas estilos de aproximación sexual. Empezaron a aceptar la igualdad de la mujer.


Acobardados y confundidos, sus nuevas fórmulas para entrar en contacto con las mujeres se volvieron más asexuadas. En una cafetería: "Me siento un poco azorado, pero me gustaría conocerte"; en un supermercado: "¿Puedes ayudarme a decidir qué detergente me conviene? ¡Soy un pésimo comprador!". U otras más propias de una excursión en ascensor como "¡qué lindo día!, ¿no es cierto?". En algunos casos, hasta asomaba un cierto atrevimiento: "¡Qué número de teléfono tan bonito tienes!". Pero no se pasaba de ahí.






La amenaza de acoso sexual podía aparecer detrás de cada palabra, mirada o gesto. Así que los hombres dejaron de encender los cigarrillos a las mujeres y confiaban que también ellas acarreasen con sus maletas. Y, lo más molesto para ellas: ¡los hombres empezaron a rehusar pagarles los almuerzos!




Pero, pese a la importante experiencia que proporcionaba alternar en oficinas, playas, bingos, cafeterías y atascos de tráfico, el emparejamiento seguía siendo conflictivo. Hombres y mujeres no parecían a gusto en las uniones que se derivaban de las nuevas fórmulas de acercamiento. La pareja parecía un proceso químico mediante el cual una media naranja ¡acababa convirtiéndose en medio limón! Pero nuevos tiempos reclaman nuevas técnicas. Hombres y mujeres están tratando, desde hace unos años, de profundizar más en el conocimiento respectivo de su personalidad y de sus estilos de comunicación verbal. Siempre bajo la batuta de la moderna psicología.




Pero ahora han psicologizado tantos sus encuentros, que muchas parejas son incapaces de hablar entre sí de algo que no sea su propia relación (algo tan importante como el color de la tapicería del sofá ha pasado a un plano secundario). Y antes de formalizarla, entre manuales, tratados, y sexología científica, no dejan de plantearse profundas preguntas como: "¿deberíamos separarnos ya?", "¿esperamos demasiado el uno del otro?", "¿estamos seguros de nuestra identidad sexual?", "¿podremos soportar la desventaja de no ser bisexuales?", "¿estamos preparados para una relación seria?". Cuando la pareja no sabe o no puede contestar a ninguna de estas preguntas, decide que lo mejor es ¡juntarse! Ante esta empecinada adhesión al emparejamiento (lo que ya les descalifica como personas sensatas), muchos especialistas están invitando a las parejas a seguir profundizando sin desmayo en tan curioso misterio de inadaptación zoológica, sometiéndolas a importantes modelos teóricos de tratamiento. Sus títulos son ya toda una esperanza: 'Psicodiagnóstico terapéutico de la relación de pareja', 'Terapéutica de la pareja en relación al psicodiagnóstico' o 'Relación terapéutica en el psicodiagnóstico de la pareja'. Parece, pues, que por fin, ¡todos se están enfrentando definitivamente al problema cogiendo el toro por el rabo! Lástima que a priori nunca se sabe en qué fallará una relación entre hombre y mujer. Y, muchísimas veces, ni siquiera después. Por las náuseas se intuye cuándo se va a estrellar. Cuando se estrella un avión la "caja negra" revela las causas de la tragedia. ¡Pero, lamentablemente, no hay "caja negra" en el amor!


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