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EL AMOR DE MADRE ESCRIBE LAS CONTRAPORTADAS


Las contraportadas de los libros han sido escritas por las madres de los autores porque no hay ninguna de ellas que no ensalce la figura del autor hasta situarlo por encima del resto de los mortales, porque tiene uno la sensación de estar leyendo un currículo amañado destinado a captar la voluntad del futuro lector o como mínimo potencial comprador, porque los libros podrían pasarse perfectamente sin ellas y el criterio del lector podría determinar la conveniencia de adquirir o no la obra.


"Madre sólo hay una y a ti te encontré en la calle". ¿Qué verdad no encierra este dicho popular? El instinto maternal, como una de las fuerzas impulsoras que movilizan el mundo, no tiene parangón. ¿A qué no estará dispuesta una madre por defender a su hijo? La pasión puesta en ello es tal que llegan a ignorar sus defectos (disculpan en sus hijos, lo que no disculpan en sus maridos) y a ensalzar sus "virtudes". ¿Hay algún gabinete de prensa o campaña publicitaria que pueda superarlas? Difícil de creer. En el caso particular que nos ocupa, el de los escritores, las madres cumplen la función primordial de encumbrar la figura del genio, sin que ello esté reñido, claro está, con cierta perspectiva económica a corto o largo plazo.


Analicemos cuáles son los elementos básicos de las contraportadas. Para empezar, fíjense en la foto del autor y en la fecha de su nacimiento. ¿Qué pacto con el diablo hace que estos buenos señores siempre aparenten diez años menos de los que en teoría deberían tener? O la fecha está equivocada o lo está la fotografía.


Luego está el lugar de nacimiento. Casi todos son de populosas ciudades, casi ninguno de un pueblo o de un caserío perdido. ¿Qué sucede? ¿No hay escritores en el campo? ¿O será que tal vez temen ser tachados de paletos? Obsérvese que cuando se da tal circunstancia suele mencionarse sólo la provincia, como intentando confundir al lector para que asocie al escritor con la capital del mismo nombre. Y si no sucede así, acto seguido se afirma de que su formación fue en tal o cual ciudad conocida, como diciendo que el lugar de nacimiento en realidad no deja poso ni influencia en el autor, siendo éste, más bien, del lugar de acogida.


A continuación, los ascendentes familiares. Profesiones liberales, de médicos y abogados para arriba. O no ponen nada. "Fulano de tal, hijo de un carnicero y de una señora de la limpieza", no quedaría demasiado bien. ¿Por qué? Porque le iguala con el lector, y éste podría pensar que acaso no tenga tanto mérito lo que el otro ha hecho y que bien podría haberlo escrito él, que tampoco tiene padres con profesiones de reconocido prestigio en el ámbito social.


Lo siguiente son los estudios. Es importante mencionar los renombrados colegios y universidades en los que el hijo ha cursado estudios. No sea que alguien vaya a pensar que ha estudiado en la escuela pública. La distancia con el hombre normal de la calle se acrecienta. Para entrar en esos templos del saber donde se forman las élites no basta con ser inteligente, hace falta tener un estatus social claro y definido. De rebote, no sólo el autor sino también la familia queda ennoblecida por la letra impresa.


Después están los oficios. El autor ha desempeñado los más duros, desagradables y variopintos. Queda bien enumerarlos para que así el lector no se lleve la "falsa" impresión de que el escritor es un señorito de casa bien al que se lo han dado todo hecho y no ha visto más allá de los campos de polo, amén de relacionarse única y exclusivamente con el reducido número de amistades que forman su misma casta. No, señor. También tuvo sus inquietudes y sinsabores que han hecho de él un tipo curtido y experimentado que sabe y entiende de casi todo. Y por si esto sabe a poco no está de más señalar su vocación aventurera. Porque este hombre se ha recorrido el globo de punta a punta viviendo todo tipo de experiencias que la mayoría de la gente sueñan con realizar pero que muy pocos van a poder llevar a cabo. Y si esto no reduce el ego del lector a nivel de hormiga añádasele entonces la vocación de mártir por la libertad. Sí, que nadie piense que no fue un tipo comprometido. ¿Eh? Preso político cuando menos. (Aunque a la hora de la verdad no haya sido así, sino que en realidad se escapó, se fue al exilio; o ni siquiera eso: estuvo con el poder llegando incluso a coquetear con él. Pero son detalles sin importancia que una buena madre sabe tergiversar con el fin de no perjudicar tan noble causa: la canonización del hijo en la contraportada.)


Nótese que en ninguna contraportada aparecen mencionados los vicios, grandes o pequeños del insigne prosista, salvo que estos favorezcan la imagen bohemia y harto simpática que el lector tiene de él. Cuando esto sucede se trata siempre de simples pecadillos de juventud que contribuyen a dar el contrapunto humano y a realzar por contraste las grandes cualidades humanas del prohombre. De ninguna manera esperen ustedes leer hechos luctuosos e inconfesables en los cuales haya tenido algún tipo de participación el adulado escritor o alguien cercano a su familia. Este alarde de sinceridad conviene evitarse pues predispone negativamente al virtual consumidor de la obra al que tratan de seducir las bellas palabras maternales.






Y ahora sí, por fin vienen las obras del autor donde se demuestra que el mundo no hubiera sido el mismo de no haber nacido él, ergo alabanza indirecta de la madre por haberlo parido. Suelen ser tres o cuatro títulos de los cuales uno o dos por lo menos han resultado premiados. Por lo tanto, si ya otros reconocieron su valía, el lector puede sentirse seguro de que no compra cualquier cosa.




Pero por si necesita un empujoncito más, añádesele al homenajeado la dirección de alguna revista, o hay que decir revistilla, de discutible existencia y actualmente desaparecida, ¡vaya por Dios!, en la cual se trataban asuntos literarios o periodísticos. Siempre demasiado adelantada para su tiempo o demasiado crítica con el sistema. (No se moleste en buscarla, es una "rara avis" de la que nadie oyó nunca hablar).

Como colofón suele haber un resumen de tres o cuatro líneas que trata de condensar el argumento del libro. ¿Cuántas veces no sucede que esas cuatro líneas resultan ser más interesantes y su estilo más brillante de lo que es en sí el plomizo libro?




En fin, que en un dato y otro se adivina la intervención de la madre y su habilidad para ocultar unos orígenes humildes nada acordes con la belleza y la gloria que debe alcanzar su hijo. Sabias mujeres que saben cuándo permanecer al margen para no restarle brillo a su chico. Visto esto y todo lo anterior, la pregunta que debiera formularse uno es: ¿No tendría que haber sido la madre y no el hijo la que se hubiera dedicado a escribir? ¿O es directamente el hijo el que escribe sus contraportadas colocándose en el rol de su madre? Todo cabe, tal como está el parque.


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