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CANTARON los gallos tristes como señal del destino; el hombre se puso en pie, miró sin dueño al abismo. Pero, ante la luz rojiza que recortó el roto pino, uno, que era diferente, siguió tendido lo mismo. Habló el otro que llegó, vino el animal sumiso, un humo olía a mujer, abrió la puerta el camino. El pájaro, el trigo, el agua, todo se erguía en lo limpio; pero no se levantaba uno, el que era distinto. (¿Dónde saludaba al pájaro, dónde oía el arroyillo, desde dónde se miraba, como otra espiga, tendido?) Pero no se levantaba uno, el que era distinto, pero no se levantó uno que estaba en su sitio. (Donde el que tendido está está de pie, como un río, sed una hecha agua una, sólo leal espejismo.) Pero no se levantaba uno que ya estaba fijo, uno, el que estaba ya en él, uno, el fiel definitivo.
Juan Ramón Jiménez
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