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El limonero lánguido suspende una pálida rama
polvorienta, sobre el encanto de
la fuente limpia, y allá en el fondo
sueñan los frutos de
oro... Es una tarde clara, casi de primavera, tibia tarde de
marzo, que el hálito de
abril cercano lleva; y estoy solo, en el
patio silencioso, buscando una ilusión
cándida y vieja: alguna sombra sobre
el blanco muro, algún recuerdo, en el
pretil de piedra de la fuente dormido,
o, en el aire algún vagar de túnica
ligera.
En el
ambiente de la tarde flota ese aroma de
ausencia, que dice al alma
luminosa: nunca, y al corazón:
espera.
Ese aroma que
evoca los fantasmas de las fragancias
vírgenes y muertas.
Sí, te
recuerdo, tarde alegre y clara, casi de primavera, tarde sin flores,
cuando me traías el buen perfume de la
hierbabuena y de la buena
albahaca, que tenía mi madre en
sus macetas.
Que tú me
viste
hundir mis manos
puras en el agua serena, para alcanzar los
frutos encantados que hoy en el fondo
de la fuente sueñan...
Sí, te
conozco, tarde alegre y clara, casi de
primavera.
Antonio Machado
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