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A principios del siglo XIX vivía
en Cambridge, Inglaterra, el matemático
y profesor de universidad Charles Babbage
(1791-1871). Por entonces, los matemáticos
ya conocían el contador de décadas
y las tarjetas perforadas, pero un
computador no era una máquina, sino
un señor cuyo trabajo consistía
en hacer cálculos, generalmente con
una tasa de error un tanto elevada. Empleaban
para ello tablas impresas con cómputos
ya hechos -y repletos de errores-; una de
las colecciones más completas era,
precisamente, la de Babbage. Las exigencias
cada vez más altas de la ciencia
y, sobre todo, la ingeniería clamaban
por un sistema mejor. Y Babbage pensó
que una máquina calculadora permitiría
reducir los problemas derivados de nuestra
incapacidad para la exactitud. Así,
en 1812 concibió
la idea y con el tiempo construyó una máquina
diferencial para repasar y corregir tablas
de logaritmos. Su primer modelo (1822), que levantó
gran expectación, podía calcular
dos diferencias con ocho puntos decimales.
Animado por el éxito, y gracias a
una subvención del Gobierno británico,
Babbage estuvo trabajando durante once años
en
un modelo perfeccionado de su difference
engine (así
llamado porque utilizaba el método
de las diferencias de Newton para resolver
polinomios)
que debía ser capaz de hallar
siete diferencias con siete puntos decimales.
Desgraciadamente, las posibilidades técnicas
del momento no permitieron su construcción.
El principal motivo era su extremada complejidad: completada la
máquina hubiera
pesado unas quince toneladas y constado
de 25mil componentes. Además, las fábricas
de la época no eran capaces de producir
piezas exactamente iguales, que era lo que
necesitaba Babbage. Y encima éste
no paraba de hacer continuos rediseños.
Este fracaso le llevó empero a
idear un proyecto muchísimo más
ambicioso: en 1833 diseñó
su máquina analítica, la primera calculadora digital
de la historia. Sus primeros diseños
datan de 1837, aunque Babbage la estuvo
refinando hasta su muerte. Los datos se le suministraban
mediante tarjetas perforadas, y tenía
una memoria capaz de almacenar mil números
de cincuenta dígitos cada uno. Para
mostrar los resultados no sólo perforaba
tarjetas, sino que Babbage llegó
a diseñar una impresora. El lenguaje
de programación empleado incluía
bucles (la posibilidad de repetir una operación
un determinado número de veces) y
saltos condicionales (que permiten al programa
seguir uno u otro camino, en función
del resultado de un cálculo anterior).
También en este caso y por los mismos
motivos, el ingenio no se pudo llevar a
la práctica.
Babbage no hizo muchos esfuerzos por
hacer realidad esta máquina, después
de su fracaso con la anterior. Le hubiera
resultado todavía más complicado,
y habría necesitado de una máquina
de vapor para hacerla funcionar. Ahora bien,
no dejó de rediseñarla e intentar
hacer un modelo de prueba. Y lo que aprendió le permitió
mejorar la máquina diferencial, hasta reducir a un tercio
el número de piezas necesarias para
su construcción.
Su máquina para resolver problemas,
como la llamaba familiarmente, ya disponía
de los elementos funcionales de los actuales
ordenadores y manejaba términos como
bifurcación del programa y decisión
lógica. Babbage se adelantó
a su tiempo concibiendo sobre el papel cómo
deberían ser los futuros ordenadores.
Y cuando en 1991, bicentenario del nacimiento
de Babbage, el Museo de las Ciencias de
Londres terminó una máquina
diferencial que seguía sus últimos
diseños, tratando de limitarse a
las posibilidades de fabricación
del siglo XIX, el caso es que el ingenio
funcionó a la perfección.
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