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LAS
ENSEÑANZAS OCULTAS DE
VALLE INCLÁN
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Condenado al ostracismo por dogmáticos e ignorantes, durante ocho décadas,
el genio de 'La
lámpara maravillosa',
la más bella guía de iniciación mágica escrita en
castellano, comienza por fin a despertarse para despertarnos. Su autor se nos
revela en ella como un gran esoterista y conocedor de los ocultismos, cuya desgracia
mayor fue haberse adelantado al provincianismo celtibérico de su época.
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Don
Ramón María del Valle Inclán, quien supo predecir su muerte
con escalofriante exactitud porque, según decía, "los
celtas deben saber siempre cuándo les llega el momento de morirse",
es un personaje que encaja tan mal en la España de principios de siglo
XX como un mago druida en una plaza de toros. En consecuencia, tan exquisito
y raro cisne modernista sigue siendo injustamente considerado (alabanzas estilísticas
aparte) poco más que como un patito feo por tanto inculto crítico.
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Sólo
ahora comienzan algunos especialistas de su obra a darse cuenta de algo tan
evidente como que 'La lámpara maravillosa', lejos de ser una concesión
a la moda esotérica de principios de siglo XX, y además de ser la
mejor obra de Valle Inclán, constituye -en palabras del experto Carlos
Gómez Amigó- "un serio y coherente tratado estético
de base filosófica esotérica y heterodoxa, síntesis sincrética
de teosofía, pitagorismo, neoplatonismo, gnosticismo y teúrgia,
que es una clave fundamental para comprender su aventura vital y literaria".
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| Pero
la Inquisición, aunque abolida, no estaba muerta en la época de
Valle Inclán. La agonía del Santo Oficio, que comenzó hace
más de siglo y medio, no ha terminado ni siquiera hoy. A los curas preconciliares
nunca les ha gustado ni les gustará 'La
lámpara maravillosa',
porque ofrece vías de salvación muy anteriores al dogma católico,
y los curas tenían mucho poder en la sombra de aquella España
espesa de 1916, año de su primera edición. De ahí que una
incomprensión general encabezada, sorprendentemente, por don Miguel de
Unamuno, se alzara frente a esta visión modernista de los antiguos misterios
grecolatinos.
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| ¿Qué
pensaba el propio Valle de su libro? La opinión más explícita
está recogida por Esperanza Velázquez Bringas en 'El Universal'
de México, ciudad que el literato visitó en 1921. "Ese
es el libro
(confesó a la periodista) del
cual estoy más satisfecho, tanto por la forma como porque me parece que
logré la idea que tenía, de que él despertara en cada uno
de los lectores una emoción diversa y que, como los antiguos libros de
las escuelas iniciáticas de Alejandría, pudiera tener verdades
de eterna belleza; siempre nuevas, porque cada quien que las siente, puede interpretarlas".
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"Una
vez
-relató riendo a la periodista- Unamuno
me preguntaba: "¿Pero qué es lo que usted se propuso al escribir
ese libro?" --Que para cada lector despierte una emoción, le contesté".
Su alusión a las "verdades
de eterna belleza"
es frase que pudiera haberse atribuido perfectamente a Rubén Darío,
uno de los compañeros de Valle Inclán en el esoterismo, junto
con Roso de Luna.
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Por otra parte, ese "porque cada quien que las siente
pueda interpretarlas" recuerda al "toda sciencia trascendiendo"
de San Juan de la Cruz. Las verdades que se "sienten" y se "interpretan"
personalmente corresponden a la actitud de quien se relaciona con lo inefable
no por la vía del conocimiento lógico, sino por la de la intuición
emocional, actitud que a su vez entronca directamente con el hinduismo
y con sus métodos para experimentar la trascendencia. Es lógico
que la ortodoxia católica de 1916 (año emblemático, entre
otras cosas, por la muerte de Rubén Darío) se pusiera de uñas
ante semejantes audacias.
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El
ocultismo, como estado de ánimo y como "corpus" filosófico,
engarza con la actitud del modernismo, dado el carácter iniciático
y elitista de esta corriente literaria, surgida como rechazo del pedestre realismo
decimonónico. Valle, demasiado exquisito y espiritual para comulgar con
las ruedas dentadas de la "revolución" industrial, ha escrito
siempre "a la contra": contra el racionalismo mecanicista, contra
el beato conformismo de la floreciente burguesía española, contra
las corrupciones de la corte de Isabel II en 'El
ruedo Ibérico',...
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Condenado
a vivir en un medio social y cultural que no está a su altura, y al que
justamente desprecia, se las apaña para que su corazón esté
en otro tiempo y en otro lugar. Ha viajado con su escritura a la época
de las guerras carlistas; revestido con los nobles ropajes del Marqués
de Bradomín, se ha internado también en una Italia fervorosa de
romanticismo y en un México que describe como volcánico y pasional.
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Pero
en esta ocasión, con 'La
lámpara maravillosa',
su viaje es de mucha mayor envergadura, tanto porque se trata de un viaje interior,
al estilo de los que propondrá mucho después el 'Don
Juan'
de Castaneda, como por llegar con él hasta las fuentes de la sabiduría
iniciática, donde aprende que el cultivo de la belleza puede ser un maravilloso
camino de perfección espiritual.
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Para
este viaje cuenta con bien atiborradas alforjas. Una de las bases más
firmes de la íntima amistad que en 1899 surge entre Valle y Rubén
Darío se debe al interés de ambos por lo esotérico y por
la llamada "estética del misterio". No en vano, uno y otro
adaptarán como lema de su creación las mágicas palabras
de Verlaine: "La música antes que nada", traducción estética
del principio gnóstico del Verbo, donde la vibración mágica
precede siempre al significado lógico. Por eso, cuando Rubén muere,
Valle confiesa públicamente su tristeza por no poder comentar La lámpara
con él. En aquel momento, 1916, Rubén Darío "hubiera
sido sin duda su mejor lector
(manifiesta Valle),
el que mejor hubiera desentrañado sus claves secretas".
Una
de las fuentes principales del ocultismo en el que se fundamenta 'La
lámpara maravillosa'
es la teosofía en los términos en que fue popularizada por la
Sociedad Teosófica de Helena Petrovna Blawatsky, que se desarrolló
en España desde 1892 hasta el comienzo de la Guerra Civil. Además
de conocer a otros escritores también atraídos por el ocultismo,
Valle estaba familiarizado con los teósofos pontevedreses Alfredo de
Aldoa y Javier Pintos Fonseca, y estrechamente relacionado con Rafael Urbano
y con su mentor, el más famoso de los teósofos españoles,
el "mago rojo de Logrosán", Mario Roso de Luna. Éste
se declara por aquel entonces partidario de lograr el conocimiento trascendental
"mediante el ensueño", en contraposición al método
de conocimiento "objetivo" postulado por materialistas y positivistas.
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Existen
testimonios escritos de la estrecha amistad de Valle con Roso, de una de cuyas
obras, 'El
tesoro de los lagos de Somiedo',
incluido en el libro 'Del
árbol de las Hespérides',
extrajo don Ramón el propio título de 'La
lámpara maravillosa'.
Roso de Luna aparecerá posteriormente en la obra valleinclanesca, travestido
como el periodista Don Filiberto en 'Luces
de Bohemia'.
El
interés de Valle por el ocultismo, sin embargo, es más antiguo.
En 1892, con 26 años, publica en México el artículo 'Psiquismo',
donde revela un temprano, pero profundo conocimiento esotérico. Interés
que se prolongará más allá de la publicación de
La lámpara, como muestra su poemario 'El
pasajero',
escrito a los 54 años de edad. Gallego al fin y al cabo, el ocultismo
de Valle Inclán, mamado en los bosques encantados de su tierra, es el
tema más recurrente de toda su producción literaria, puesto que
aparece, cuando menos, a lo largo de veintidós años de su vida
creativa.
Parece
claro que don Ramón se insufló de proposiciones mistéricas
antes de conocer a Roso y a otros teósofos, y de fuentes más antiguas.
Para ello no tuvo que recurrir solamente, aunque es probable que lo hiciera
también, a obras cabalísticas. Como buen heterodoxo que era, pese
a sus protestas formales de catolicismo, no fue renuente al perfume sufí
que emana de Miguel de Molinos, Juan de la Cruz y, con salvedades, de Santa
Teresa.
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Tal vez los teósofos le acercarían posteriormente al
clima espiritual de los Himalayas, donde el sagrado Ganges inicia su andadura,
pero ese clima ya lo había conocido en nuestros clásicos, como
ponen de manifiesto las alusiones del pontevedrés en la propia Lámpara.
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El
Valle gnóstico cultiva el Verbo de tal modo que lo convierte en un acto
taumatúrgico. La musicalidad de su soberbio estilo obedece a unas claves
que emanan de un íntimo deseo personal, y no solamente literario: la
anhelada comunión con la armonía del Gran Todo. La literatura
como camino de perfección es su yoga secreto. Por eso, mientras leemos
'La
lámpara maravillosa',
aunque no acertáramos a comprender el significado de las palabras, recibiríamos
igualmente su sentido a través de la rara armonía de esas palabras,
que no es otra cosa sino la música de las esferas: pura magia.
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Es
asombroso cómo pudo, con estos planteamientos tan contemporáneos,
resistir solo y a pie firme en el aborregado, mísero y cutre ambiente
de su tiempo. De pocos autores puede decirse tan justamente como de él
que sacrificó su vida a la literatura. A ese sacrificio debemos La lámpara,
una perla modernista que fue echada a los cerdos en el momento de su publicación,
pero cuyo brillo aumenta con el paso del tiempo y lo hará cada vez más,
a medida que va creciendo el número de quienes son capaces de entender
su eterno mensaje.
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El
libro que despierta
Libro
de cabecera para creadores, magos y exploradores de sí mismos, 'La
lámpara maravillosa, ejercicios espirituales',
está estructurado de un modo semejante al de las guías místicas
de Juan de la Cruz, Miguel de Molinos y otros "alumbrados" del Siglo
de Oro español, pero con el propósito iconoclasta de utilizar
los métodos ascéticos no para fines directamente religiosos, sino
para el cultivo de la belleza o de lo que el propio Valle bautiza novedosamente,
y lejos de todo dogmatismo, como "El quietismo estético".
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Obra
insólita en la bibliografía de Valle, desconcertó a sus
contemporáneos, tanto por su originalísimo contenido como por
su forma. Incomprendida por la mayoría, durante más de medio siglo
fue únicamente apreciada por su cuidadosa perfección; sólo
unos pocos estudiosos del hermetismo se han dado cuenta, recientemente, de que
esa perfección formal obedece no tanto a criterios meramente literarios
como a secretos cánones cabalísticos encaminados, al igual que
los Koan del Zen, a despertar en el lector determinados resortes místicos
por medio del sonido evocado en las palabras.
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"La
suprema belleza de las palabras
-descubre Valle en este libro-
sólo se revela, perdido el significado con que nacen, en el goce de su
esencia musical, cuando la voz humana, por la virtud del tono, vuelve a infundirles
toda su ideología".
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