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SEXO EN LAS IGLESIAS MEDIEVALES. ENIGMAS DEL TANTRA CRISTIANO

(Rafael Alarcón)


¿Por qué escenas eróticas que rayan lo obsceno adornan profusamente las iglesias románicas? ¿Qué relación tiene esta cruda sacralización del sexo con el paganismo y con las esculturas tántricas de la India? He aquí algunas imágenes...


Iglesia de San Pedro (Cervatos, España)  Canecillo de la Iglesia de San Miguel en Fuentidueña (Segovia, España)  Colegiata de Santillana del Mar (Cantabria, España)


(De izquierda a derecha)... Imagen 1: El surrealismo de esta autofelatio, en la Iglesia de San Pedro, en Cervatos (Cantabria, España), es una buena muestra del tono por el que discurría la imaginación medieval; imagen 2: Canecillo de la Iglesia de San Miguel en Fuentidueña (Segovia, España); imagen 3: La Colegiata de Santillana del Mar (Cantabria, España) ofrece esta impresionante imagen de un hombre y una mujer masturbándose;...


Iglesia de San Pedro (Cervatos)  Templo de Khajuraho (India)


...imagen 4: También en la Iglesia de San Pedro, en Cervatos, pueden verse canecillos tan procaces como estos de la fotografía; imagen 5: Una de las características escenas eróticas del tantrismo hindú en el templo de Khajuraho (India).


Revista CAOS

Muchos templos de la India muestran esculturas de seres humanos en las más variadas posturas del ritual amoroso, reflejando con gran sensibilidad artística todas las posibilidades del juego sexual. Juego en el que participan los propios dioses del panteón hindú, tal como aparece representado en el más importante grupo de templos medievales de la India: el de Khajuraho, que llegó a contar con ochenta y cinco edificios repletos de imágenes eróticas, aunque hoy solamente queden veintidós de estas construcciones.


La temática erótica, tan explícita y detallada, responde aquí a la mística hindú del Tantrismo, que pretende -por decirlo de una forma resumida- "la transmutación de la energía sexual en energía espiritual a través de la práctica amorosa, reafirmando la materia, pero también trascendiéndola en busca de dimensiones más iluminadoras".


Los bellos cuerpos de piedra aparecen allí en estéticos entrelazos amorosos, con gestos sensuales las esculturas se masturban mutuamente, realizan coitos sencillos y otros aptos sólo para contorsionistas, muestran sus sexos y los actos que realizan con ellos con una serenidad que nos hace contemplarlos con toda naturalidad. La provocación no existe y los cuerpos amorosamente entrelazados emanan una espiritualidad acorde con el lugar sagrado en que se encuentran. Por eso, una vez pasado el primer momento de estupor, contemplamos este erotismo sagrado con la serena reflexión que inspiró a sus creadores. Pero, ¿qué sucedería si, paseando por las austeras, sobrias y monacales tierras de Castilla, en España, encontrásemos de pronto un templo cristiano donde, junto a nuestros santos y divinidades familiares, hombres y mujeres de piedra se entregasen a las posturas más obvias del acto amoroso? ¿Qué pasaría por nuestras mentes si en una iglesia gallega o vasca pudiésemos contemplar esos pétreos amantes, realizando coitos, masturbaciones, exhibiciones, y toda suerte de actos eróticos en el más puro estilo de los representados en los templos hindúes, sabiendo como sabemos que en el cristianismo no existe nada ni remotamente parecido al Tantrismo?


Entre las muchas muestras culturales que nos han llegado de la polifacética Edad Media están las iglesias románicas. Estos magníficos edificios reúnen tal cantidad de elementos simbólicos que, ya se trate de la humilde iglesia de aldea, la soberbia colegiata del pueblo, el aislado monasterio, o la gran catedral urbana, difícilmente podemos apreciarlos todos en las apresuradas visitas que suelen realizarse a estos monumentos. En este deambular, es muy posible que alguna parte del conjunto escape a nuestra curiosidad. Sin embargo, si somos lo bastante tenaces en nuestras pesquisas y nos tomamos un poco más de tiempo, del que habitualmente utiliza un turista al uso, es posible que nos encontremos con los actores del erotismo sagrado medieval.


En los edificios románicos, el alero del tejado está sostenido por unas piedras salientes del muro, conocidas como "canecillos", que generalmente contienen pequeñas esculturas. Unas esculturas muy especiales. En los arcos de las portadas, así como en sus capiteles y en los de las ventanas y columnas interiores, suelen representarse mayoritariamente escenas de la Historia Sagrada del viejo y nuevo Testamento, intercalándose alguna representación de la vida cotidiana o de leyendas y mitologías populares. En los canecillos, por el contrario, predominan las escenas profanas sobre las sagradas, que aparecen muy raramente. Allí podemos ver gentes corrientes: pastores, guerreros, siervos, dueñas, pajes, zapateros, agricultores, monjes; y a su lado, músicos, saltimbanquis, danzantes, contorsionistas desnudos, mujeres dando a luz, bebedores exhibicionistas, hombres defecando, monjes borrachines, etc. Acompañando a todos estos aparecen los hombres y mujeres que escenifican los actos eróticos más increíbles del Occidente cristiano medieval.


Solamente en casos aislados aparecen estas figuras eróticas en el interior de los templos; sirvan de ejemplo San Cebrián de Mudá (Palencia, España), o San Juan Bautista de Villanueva de la Nia y la Colegiata de Santillana del Mar (ambos en Cantabria, España), con unos capiteles brutalmente explícitos.






En todos los países del Occidente cristiano medieval, las iglesias románicas muestran en sus canecillos escenas eróticas con todas las variaciones sexuales posibles: coitos de frente, de espaldas, boca arriba, boca abajo; masturbaciones, en solitario y compartidas, de ambos sexos; felatio e incluso autofelatio; exhibicionismo masculino y femenino; homosexualismo; y en última instancia atributos sexuales "fuera de contexto", como falos erectos que ocupan toda la superficie de un canecillo. La calidad de las figuras varía mucho, en algunos casos son cuerpos groseramente trabajados y en otros, las figuras denotan una labor exquisita del artesano, pero en todos los casos están deliberadamente desproporcionadas para resaltar los atributos sexuales que enseñan o manejan con rara habilidad.

TAROTISTA Loli Álvarez ... (Titulada y con un amplio prestigio altamente reconocido.)


En España, aunque abundan en todas las iglesias románicas, parecen concentrarse en cuatro núcleos principales: Euskadi-Navarra, Galicia, Castilla (Segovia), y Castilla-Norte (Burgos-Palencia-Cantabria). En este último sector encontramos una agrupación que, salvando las distancias, recuerda a la de los templos hindúes de Khajuraho, compuesta por las iglesias de San Pedro de Cervatos, San Juan Bautista de Villanueva de la Nia, San Cipriano de Bolmir, San Martín de Elines y Matalbaniega, sin contar otros ejemplos menores de su alrededor.

Ahora bien, puesto que la religión cristiana medieval parecía no participar de la filosofía tántrica hindú, que justificaba tales escenas eróticas en los templos, ¿qué hacen ahí esos personajes de piedra, unas veces procaces, otras lúbricos, en ocasiones licenciosos y siempre sensuales?

En el punto de unión

La Edad Media no sólo vivía rodeada de símbolos, sino que vivía en símbolos. Todo lo que pudiese representarse figuradamente tenía, generalmente, un doble y a veces hasta un triple o cuádruple significado simbólico. En dicho contexto el templo no es sólo casa de oración, es un libro vivo que proporciona información de lo sagrado. Su estructura es imagen del encuentro entre el Cielo y la Tierra: los muros son los pilares de la Tierra sobre los que descansa la Bóveda Celeste. Y es precisamente en el claro, punto de unión entre lo celeste y lo terrestre, donde se colocaban los canecillos con sus escenas mundanas y licenciosas. ¿Significaba eso que la exaltación de lo carnal, de lo físico, era un impedimento para ascender a esferas superiores? ¿O por el contrario, como en el Tantrismo, se quería indicar que la sublimación de la energía sexual permitía la apertura de una vía de acceso a dimensiones superiores del espíritu?

Colocar en una iglesia como Cervatos (Cantabria, España) veintitrés canecillos y cuatro capiteles -es decir, una cuarta parte del total escultórico- del más desenfadado erotismo, parece una forma un tanto exagerada de sermonear a los fieles sobre los peligros de la carne y una manera excesivamente exhaustiva de moralizar sobre "lo que no se debía hacer", mostrando demasiado claramente el pecado que se pretendía evitar. Más parece todo lo contrario, como si el artesano escultor se hubiese recreado en el tema al trabajarlo, imprimiéndole una expresión, más que moralizadora, procaz; o como dijo J. Caro Baroja: "Tales artistas nos han dejado una serie de imágenes que más producen curiosidad por el vicio que respeto por la virtud".


Neutral Point of view

Se debe, no obstante, situar las cosas en su adecuado contexto. Los clérigos de los siglos XI-XIII se movían dentro de una moralidad más flexible de la que podemos imaginarnos hoy, condicionados como estamos por las estrictas normas derivadas del Concilio de Trento (s. XVI) y los efectos represores de la Inquisición. A partir del siglo XII, sobre todo, una vez pasados los terrores apocalípticos provocados por el temido año 1000 y sus alrededores, una corriente vitalista inunda toda la sociedad medieval y la sensualidad es su mayor expresión. Sensualidad que es tal vez el único aliciente de una vida extremadamente dura y peligrosa. Sensualidad que es vivida tanto a nivel cotidiano como en las fiestas extraordinarias que jalonaban el año. Esta vitalidad de carácter profano es consentida por la iglesia, que permite la coexistencia entre sensualidad y creencia y práctica religiosa, pues una gran parte de sus miembros procede del pueblo llano y entre el pueblo transcurre su existencia. Los monjes participan de la vida cotidiana, junto a villanos y artesanos, sin que exista aparente contradicción entre su existencia mundana y su labor eclesiástica.


Tanto las poesías y canciones de los Goliardos, como los documentos de la época, ponen de manifiesto la relajación de costumbres del clero sobre todo en el plano sexual. Conocido es el caso de las "barraganas", mujeres que convivían con los sacerdotes en sus casas bajo la apariencia de criadas, pero que actuaban como esposas a todos los efectos, y las revueltas que periódicamente organizaban monjes y sacerdotes cuando algún obispo excesivamente ortodoxo pretendía suprimirles tal uso y costumbre. Una revuelta de este tipo, ocurrida en las clerecías de Sepúlveda, Pedraza, Fuentidueña, Cuéllar, Coca y Alcazarén, todas de Segovia, España, en 1205, sirvió para que cierto historiador extranjero creyese ver la explicación a los canecillos eróticos en la ligereza moral de los clérigos hispánicos, quienes consentirían de buena gana tales excesos escultóricos amparándose en un supuesto fin didáctico y moralizante.


Esta relajación moral del clero prendió en la mentalidad popular de un modo muy curioso, respecto al tema que vamos tratando, puesto que todavía hoy es posible recoger algunas leyendas relativas a los canecillos eróticos del románico. En las iglesias templarias de Astureses (Orense, España) y de Matalbaniega (Palencia, España), existen canecillos eróticos, y en ambos lugares se cuenta una leyenda similar que, resumida, viene a decir cómo por haber violado a la hija de un hada, los canecillos de sus iglesias se transformaron mágicamente para representar los libertinajes y pecados de los caballeros templarios, que fueron así desenmascarados y castigados por sus excesos.


El Ángel del Señor

Los artesanos, por su parte, eran también responsables de estas manifestaciones eróticas románicas, puesto que estos modelos iconográficos proceden única y exclusivamente de ellos, de sus talleres y logias donde han aprendido el tallado de la piedra y la diversidad de modelos que pueden representar. Aunque estas figuras eróticas, tan liberales y desenfadadas, han de proceder antes del origen popular de los artesanos que de los centros de la cultura oficial: los monasterios. Sin dejar de lado las connotaciones iniciáticas y esotéricas que el aprendizaje de todo artesano llevaba consigo, lo cual hace que sus figuras simbólicas posean siempre varias lecturas.


Y puesto que artesanos y clérigos proceden del pueblo, es lógico pensar que muchas de sus motivaciones proceden de esa cultura popular en la que se encuentran inmersos. Así se puede comprender mejor esa corriente profana, mundana, alegre y no siempre ortodoxa, que saltándose todas las fórmulas oficiales de severidad y seriedad, atraviesa el ámbito eclesiástico medieval. Esto es válido no sólo para las creencias populares, ampliamente impregnadas del paganismo de la Antigua Religión pre-cristiana, sino también para las fiestas que tales creencias propiciaban y la simbología que en ellas se manejaba.


La más importante de todas estas fiestas, cuando no la culminación de todas, era el Carnaval. Se trataba, entonces más que ahora, de un ritual pagano, ajeno al estado feudal, cuyo orden subvertía completamente creando sus propias leyes basadas en la libertad total. La fiesta en general, y el Carnaval en particular, es la ocasión -tal vez la única junto con la sensualidad- de expandirse vitalmente, de librarse de una vida absorbente en un mundo agobiante que proporcionaba escasas o nulas gratificaciones. Mientras llegaba o no, el premio o castigo del Más Allá, era prudente gozar de los escasos momentos que el presente otorgaba, y si a los ritos de la moderna religión se les podía ayudar un poco con los de la Antigua (incluso si lo admitía sólo a regañadientes), no había que desaprovechar la ocasión.


En los Carnavales medievales, reminiscencia de las fiestas Januarias de la antigüedad, renacían muchas figuras paganas, no sólo del mundo clásico, sino del céltico y aún anterior. Así, en los desfiles, se podían ver junto a orondos y panzudos dioses Baco, vestidos sólo con pámpano y racimos, a toda una corte de faunos cornicaprinos y hadas de las fuentes sin más traje que su piel desnuda, a su lado danzaban igualmente desnudos hombres y mujeres que cubrían su cabeza con una de ciervo. Todos ellos, brincando y cantando al son de toda clase de instrumentos, dirigidos por el dios Momo, se introducían sin el más mínimo recato en los templos para representar sus salvajes comedias.


Otras celebraciones, igualmente licenciosas, eran la Fiesta de Mayo, la Fiesta de los Locos y la Fiesta de Invierno. En cada una de ellas quedaban restos de las fiestas paganas a las que habían sustituido, el más destacado de los cuales era la libertad sexual, de palabra y de obra, con que se comportaban los participantes, los cuales, si no llegaban a los excesos de las Cerealias y las Saturnales romanas, al menos lo intentaban con todas sus fuerzas. Además, el pueblo siempre se las ingeniaba para que en algún momento de la fiesta la Iglesia participara, de buena gana o por la fuerza, en sus jolgorios. La Fiesta de los Locos, especialmente, tenía por escenario las naves de las catedrales. Otras fiestas celebraban alguna de sus partes en el interior de las iglesias o en los atrios de éstas. ¿Cómo justificaba el clero su permisividad en estos temas? Un escrito medieval, una Apología de la Risa, explica claramente los motivos de la Iglesia:

La vagina


"...porque los barriles de vino estallarían si no se les destapa de vez en cuando dejando entrar un poco de aire. Los hombres son como toneles desajustados que el vino de la sabiduría haría estallar si prosigue fermentando incesantemente bajo la presión de la piedad y el terror divinos. Hay que ventilarlos para que no se estropeen. Por eso permitimos en ciertos días las bufonerías para regresar luego con duplicado celo al servicio del Señor...".


Esta forma tan descriptiva de contemplar el problema por parte de la Iglesia, nos facilita la comprensión de un clero que no sólo acepta el ambiente de Carnaval en el pórtico del templo, sino que introduce burlas y risas dentro del recinto, e incluso actuaciones obscenas con motivo de la Pascua realizadas por los mismos sacerdotes. Se trata de un rito que aparece representado también en los canecillos eróticos: el Risus Paschalis, o Risa Pascual.

Era corriente en toda la Europa medieval que, con motivo de algunas celebraciones litúrgicas, pero especialmente en la Pascua de Resurrección, el sacerdote que realizaba el sermón efectuase actos que provocaran la risa de los fieles. Todo valía con este fin: imitar animales o personajes grotescos, contar chascarrillos subidos de tono y hacer gestos irreverentes, acompañarse por un laico que finge ser sacerdote; y lo más importante: realizar todo tipo de obscenidades, de palabra y de obra, o al menos imitarlas, tales como levantarse los hábitos y mostrar el sexo o las nalgas, aparentar el acto sexual y la masturbación, etc., dentro de un contexto jocoso y lúdico. Todo lo cual aparece en los canecillos románicos y cuyo origen pagano habría que buscar seguramente en los ritos mistéricos de la diosa Démeter (s. VII-VI a. C.), aunque en el s. XII a. C. existe en Egipto una tradición similar referida a los dioses Ra y Hator.

En la tradición griega Démeter estaba entristecida por la desaparición de su hija Perséfone, raptada por Hades, rey de los infiernos, y recorría el mundo buscándola. En Eleusis se hospedó en casa de Baubo quien, al no lograr consolarla con sus palabras, se levantó los vestidos y realizó un baile obsceno mostrando su sexo, con lo cual consiguió hacer reír a la Diosa. Hay que recordar que el propósito del Risus Paschalis era hacer reír a los fieles para celebrar el fin de la Cuaresma y la resurrección de Cristo, fiesta que cae por el mes de abril, lo mismo que las fiestas Eleusinas en honor de Démeter (las Cerealias en que los romanos festejaban a Ceres). Fiestas que celebraban la resurrección de la Tierra tras el reposo invernal de la Diosa.


Viajes

Porque en el fondo de la mente popular medieval late un concepto pagano de la sexualidad, que en su sentido simbólico es entendida como imagen de la fuerza motriz de la Madre Tierra: el acto sexual y sus manifestaciones sensuales no son tan solo vehículos de placer físico, a un nivel más profundo son imagen del poder generador de la Madre Tierra, de la fuerza vital que hace nacer no sólo a los seres humanos, sino también los vegetales y animales. Si la cabeza es el símbolo del pensamiento, la inteligencia, el control, y el corazón es símbolo de los sentimientos, de las potencias del alma, la parte baja del cuerpo es símbolo del instinto animal que produce y alimenta la vida. La cabeza es así imagen del Cielo y la parte inferior del cuerpo, de la Tierra.


Entonces, todos esos canecillos eróticos, sensuales, procaces, deben ser vistos bajo una nueva luz. No sólo representan los vicios y pecados que la Iglesia castiga, o la sensualidad vitalista de un pueblo oprimido consentida a regañadientes por un clero inculto, sino también una creencia de reminiscencias paganas en el hecho de que la sexualidad tiene un componente sagrado, divino, pues es un símbolo de la creación que (aunque sea en pequeña escala) el hombre puede realizar a imitación de la de Dios -hay que acordarse de los canecillos con escenas de parto-, elevando su espíritu al participar en ella.


Estas creencias, ritos y supersticiones, sobre la fertilidad y la fecundidad, tuvieron desde la antigüedad diversos soportes físicos, que aún es posible encontrar en culturas tecnológicamente más atrasadas, pero que en Occidente sobrevivieron tan solo hasta la Edad Media y poco más allá. Recordar únicamente esos colgantes ibero-romanos en forma de falos alados, que se llevaban al cuello para propiciar la potencia fecundadora, o que se colgaban a la entrada de las casas para que la abundancia no faltase. En formas más o menos modificadas continuaron utilizándose durante la Edad Media, como esos falos de cera que los devotos de San Cosme y San Damián ofrecían cada 27 de septiembre, o aquellos de azabache que colgaban al cuello, o aquellos gigantescos en piedra que sobresalían en los portales de las iglesias italianas y francesas, o los más modestos -aunque apreciables- de los canecillos españoles de Valdelomar y Perrozo (Cantabria) o de Artaiz (Navarra). Falos pétreos que los goliardos acostumbraban adornar con guirnaldas al son de sus canciones báquicas, y ante los cuales, las sencillas mujeres del pueblo se arrodillaban a rezar para pedirles un pronto embarazo o un buen parto. ¿No serían en otro aspecto los canecillos eróticos, talismanes sagrados colocados en los templos como amuletos protectores y generadores de fecundidad y fertilidad? Todo es posible. Lo cierto es que durante el período gótico se hacen más escasas este tipo de figuras, y al final de la Edad Media, el erotismo sagrado queda reducido a las sillerías de los coros catedralicios, dando su último y no por ello menos importante, grito de libertad sensual y simbólica.

Para acabar, a pesar de las destrucciones de canecillos eróticos por clérigos más modernos y menos liberados que los medievales, aún nos es posible gozar de esa corriente vital que impregnó a sus creadores, tan solo con levantar la vista hacia los aleros de las iglesias románicas, desde donde sensuales, eróticos, licenciosos o procaces, tan enigmáticas esculturas se muestran con un guiño de misteriosa complicidad, como queriendo decirnos: "Nada es impuro en sí mismo, mas para el que juzga que algo es impuro, para ese lo es".


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